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El ruido de la calle Opinión/ El Papa, contra el besuqueo

El ruido de la calle  Opinión/ El Papa, contra el besuqueo

De EL MUNDO

Al Papa Francisco le ha dado por vacilar en las últimas semanas con sus manos; las retira rápidamente, como por un resorte, a quienes intentan besárselas. Ojo, que esto nada tiene que ver con que en la liturgia del Viernes Santo prescindiera del anillo del pescador, símbolo de su autoridad, porque es lo que pide la liturgia de ese día a todos los obispos.

Bergoglio pasa de las pompas, prescinde de los adornos suntuosos y de la silla gestatoria. El gesto de impedir que le besen el anillo se ha vuelto viral. El manotazo que le suelta al que intenta darse un pico con su anillo parece un aviso contra el vicio y un signo de respeto a las manos, que son las alas de la cabeza. Los portavoces del Vaticano explican que lo hace por higiene, pero cuando se le ve cómo aparta la mano, con desdén, se entiende que está harto del besuqueo a pesar de su larga tradición religiosa.

Escribe Camilo José Cela: "Tampoco puede olvidarse el besucón ceremonial desplegado por la clerecía: el beso a los objetos y vestiduras de culto, al altar, a las estampas, a los libros sagrados, a la mano de los curas y, a veces, hasta a los pies del Papa". También recuerda el monstruo de la literatura que el ósculo de la paz de los primeros cristianos se practicó en las iglesias hasta principios del siglo XII, fecha en la que Inocencio III lo prohibió en evitación de vicios. "De su reconocido valor como estímulo erótico puede ser testimonio la sorprendente -y cerril- disposición que prohibía a los caballeros templarios besar incluso a su propia madre", recuerda Cela.

El beso a las manos y a sus aderezos tuvo un fuerte simbolismo de sumisión a los señores feudales y a los obispos: la mano es la continuación de la chola y el motor de la evolución. Pericles, el que dio nombre al más glorioso siglo de la Edad de Oro de Atenas, era niño con cabeza en forma de pera, del que se burlaban los otros chicos. No hubiera sido nada sin Anaxágoras, al que los de su edad apellidaban Inteligencia. Según Plutarco, del filósofo adquirió Pericles aquella altivez, majestad y aquel espíritu, un ánimo elevado y un modo de decir sublime, puro de toda chocarrería y vulgaridad. Fue el filósofo que dijo a los atenienses: "El hombre es inteligente porque tiene manos".

El Papa Francisco, como Anaxágoras -al que conoce- quiere liberar las manos de toda servidumbre. Un apretón de manos es una palabra de honor; casi todo lo que se hizo de excelso -y también de vergonzoso- se hizo con las manos libres. Así las canta Miguel Hernández: "Conducen herrerías, azadas y telares,/ muerden metales, montes, raptan/ hachas, encinas,/ y construyen, si quieren, hasta en los mismos mares/ fábricas, pueblos, minas".

ULISES CULEBRO

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