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Hambre, veneno y…¿piratas?

Hambre, veneno y…¿piratas?

Con la ayuda de un amigo: /Juan Sánchez

De todos es sabido que la configuración del mundo actual se basa en unos principios primitivos que también podríamos encontrar en el mundo animal. Ya saben, aquello de que los más fuertes tienen el poder y de que los débiles han de someterse a la voluntad de estos en todo momento. Darwin no podía tener más razón, aunque no me queda claro si somos una evolución que se ha estancado, o directamente una involución

 No hay más que comparar este precepto abyecto y tribal, la ley del más poderoso, con la situación que se da, o que imponemos, más allá de nuestras fronteras. Así pues convendremos que los pobres de la Tierra siempre lo serán, porque es en ellos en quienes recae el peso de nuestras riquezas…o miserias.

De un tiempo acá se habla de los estados fallidos con total impunidad y soberbia. Con la sobreprotección que caracteriza al discurso occidental que hunde sus raíces en el principio arcaico y manido de: “para el pobre limosna y que se compre algo, nada de cañas de pescar para que pueda buscarse la vida”.  Mientras sea pobre será dependiente y por tanto no se opondrá a nada de lo que yo, como poderoso, le imponga.

Muchos dicen que no hay espacio suficiente en este mundo como para que todos podamos comer. A todos ellos no les vendría mal pensar en la gente que muere de sobrepeso y también en los que mueren de hambre. En un libro, cuyo título ahora no recuerdo, el autor decía que “siempre pesa más el sufrimiento”. Las básculas no sirven para medir la desesperación ni los kilos muestran cuánto valen las personas.

Este quizá es el principal error de partida que no queremos ver: que todos hemos de ser iguales. No nos engañemos, la equidad que tan bien suena en los ordenamientos jurídicos,  no es más que un reflejo artificial de un espejo en el que no nos podemos mirar.  Nuestro estilo y modo de vida nos hacen egoístas. Así, por tanto, no se puede hablar de igualdad, porque no todos nacen bajo el mismo estilo y modo de vida.

Figúrese que el sitio en donde vive no cuenta con los recursos más básicos que pueda. Muchos de ellos son considerados riquezas. No añorará el smartphone sin el que se siente desnudo, pero escuchará en el estómago  el sonido de algo más primario: el hambre. Y entonces a lo mejor querrá ir a pescar para mitigar su escasez de comida, pero imagínese que en la arena de la playa no hay más que peces muertos en torno a bidones que nunca había visto anteriormente. La gente que está a su alrededor empieza a enfermar y nadie sabe por qué.

Esto es lo que cuenta el documental Toxico Somalia que se centra en el uso del mar como vertedero de sustancias tóxicas. Del mar de los pobres, como no podía ser de otra manera. Lo curioso es que la configuración del desgobierno actual en Somalia, que es de hecho un país dirigido por clanes, está basado en un intercambio que a cualquiera nos podría parecer vil e injusto: yo tiro mi basura en tu parte del mar y, a cambio, te doy armas, munición y dinero para que te las apañes con tus guerras e impongas tus leyes.

Y qué es lo que surge con todo esto: la piratería. Los pescadores que antes salían a faenar ven que sus costas están plagadas de buques extranjeros que esquilman sus caladeros y también de cargueros que sueltan en el agua residuos que nadie se ha atrevido a estudiar.

Años después de que el documental que antes reseñé viera la luz, nada ha cambiado. Los infames y miserables que se enriquecieron con este negocio vieron que las causas judiciales que se abrieron también se cerraron poco tiempo después. Para que después digan que la justicia no resuelve litigios con rapidez.

Los piratas también siguen a lo suyo mientras yo me pregunto: si no nos parece mal que se robe una barra de pan cuando se pasa hambre, por qué se juzga con otro rasero este problema del que, de un modo u otro, somos partícipes y en el que el hombre también está como telón de fondo.

El crimen merece castigo, pero no hay castigo que pueda sancionar el delito que se comete para combatir el hambre. Los clanes que ahora gobiernan el desgobierno son fruto, precisamente, del caos originado por guerras, genocidios y odios creados.

Los bidones llegaron y no se fueron. Tampoco se marcharon sus efectos sobre la población que se envenena. El hambre hace tiempo que se convirtió en compañera de fatigas para muchas personas, no solo en Somalia. Y yo le cuento esto, amigo lector, y dentro de un rato mi mente estará pensando en qué voy a comer hoy...Qué mal repartido está el mundo.

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