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TORPEZA “WIKINGA”

TORPEZA “WIKINGA”

/Juan Moreau Tamayo

Los alemanes presumen de ser una raza pura, de inteligencia preclara, altos, fuertes, rubios…    eso fueron quizá en su día hasta que la inmigración los dotó de unos cientos de miles de italianos, turcos, griegos, marroquíes, portugueses, españoles…     existe el inteligente de turno, y los demás, como piezas de un reloj, se conforman en un mismo puesto de trabajo, sin aspiraciones de ascender, sin preocuparse de mejorar lo que está defectuoso o anticuado, limitándose a realizar el mismo trabajo día tras día, semana tras semana, mes tras mes…     entre ellos se encuentran los bajitos, gordinflones, enclenques, morenos, cíngaros, en fin, como en todas partes.

Y volviendo a la inteligencia; en cierta ocasión un grupo de españoles hemos de trasladarnos a una fábrica sita en un pueblo que se llamaba Au; para ello, el mejor medio de transporte era el ferrocarril; en los años sesenta del pasado siglo, los trenes en Alemania, eran rápidos, seguros, limpios, cómodos, y si los comparábamos con los españoles, el polo opuesto.

Un tal José a quien apodábamos “el malagueño”, simpático a más no poder, testaduro, como una mula, torpe como un cerrojo, aunque llevaba tres años en Alemania el idioma alemán seguía siendo para él un gran desconocido; se acerca a la ventanilla y se dirige al expendedor de billetes de esta guisa:

-“Tres billetes pa AU”     -¿Was? (¿Qué?), le pregunta el taquillero.

José repite la frase en español    -“tres billetes pa AU”.  Y el otro… -Bitte ¿Was?  (por favor, ¿qué? Y por tercera vez el malagueño pidió los billetes en español.

Cualquier español que le dijeran en alemán:  -“Drei Tikes für Fuengirola”,   (tres billetes para Fuengirola) no lo pensaría dos veces y se los daría en el acto,  pues tanto aquí como allí las ventanillas de las estaciones están para eso, aunque entendiera solo la última palabra.  El tozudo alemán vuelve a preguntarle:  -¿Was?  A lo que José cansado de tanto repetir, responde: -“Hijo de la gran p,,, voy si me vendes los billetes”…

En la lechería pedía el blanco néctar de esta guisa:  - ¡Una poca leche!                    - ¿Milch?   - Mi o lo que zea, un litro.    En la tienda pedía papas o garbanzos; y para comprar huevos repetía: “Ei Fisch” (huevo, pescado), cosa que no entendían pues quería una docena de huevos “Eine doucen Eier”.

En cierta ocasión cansado de repetir mal las dos palabras, al ver que no lo entendían de ninguna de las maneras, echándose mano a la entrepierna y cogiéndose los suyos propios repitió desesperado:  -“¡Quiero esto pero de gallina!”   Fue tan expresivo el gesto que enseguida lo entendieron y entre risas le pusieron en la mano los que les pareció –gratis-, sin preguntarle tan siquiera cuantos.

Se perdió en la estación de Paris al venir a Málaga de vacaciones y por mucho que preguntaba dónde estaba el tren para España, nadie lo entendía.    Ya cansado de este quehacer y temiendo que el tren se le escapara ideó esta frasecita que repetía sin cesar:   - ¡Me cago en tu p... madre!     No pasados dos minutos un señor que pasaba responde:  -¡Y yo en la tuya y en tos tus muertos!       Esto lo salvó de perder el tren; la persona en cuestión lo acompañó hasta el andén donde éste estaba a punto de partir.

 

     

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