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El enigma Vila

El nacionalismo mesocrático catalán necesita líderes que lo saquen del charco. Esta puede ser la salvación de Vila

/LUIS SÁNCHEZ-MOLINÍ

 

Tiene razón John Carlin: en el alma política española se detectan zonas oscuras. Por ejemplo, Santi Vila. Hasta hace unos días, el ex consejero de Empresa de la Generalitat pertenecía al Gobierno que iba a llevar a Cataluña a la tierra prometida de la independencia; hoy, sin embargo, para muchos es la esperanza blanca que nos devolverá el catalanismo pactista, el atleta que porta la antorcha de la tradición de Cambó y Tarradellas. ¿Se está confundiendo el deseo con la realidad, un mal muy extendido en todo lo relativo al procés? Probablemente. Difícil es que el que ha sido parte del problema se convierta en la solución.

 

Santi Vila tiene muchas de esas cosas que tanto gustan hoy: es gay con ideas liberales, divorciado, teóricamente moderado, exhibe un estilo clásico que adorna con un toque moderno y sport... Sobre todo, posee algo imprescindible en la era del instagram político: es fotogénico, tanto física como mentalmente. Sólo hay una cosa que lo afea de cara a la galería catalana: su condición de aficionado taurino. Es este detalle, sin embargo, el que más nos gusta de él, porque nos descubre una personalidad que no se pliega del todo a los dictados de lo políticamente correcto en el entorno del nacionalismo estelado. En estos tiempos, como en todos, un hombre con criterio propio y personalidad es siempre un espectáculo que se agradece.

El gran problema de Vila es que apoyó a Puigdemont hasta dos minutos antes de que estrellase a Cataluña contra el escollo de la DUI. Primero tragó con todas las artimañas de los indepes, incluidas las bochornosas jornadas del 6 y 7 de septiembre en el Parlament. Después de aquello, hay que ser un gran acróbata para presentarse como el continuador histórico del nacionalismo moderado. Además, en sectores de su partido se le empieza a ver como un traidor, como un botiflerdisfrazado de aguillot. La deferencia que tuvo ayer con él la juez Lamela y el silencio que acompañó a su entrada en la Audiencia Nacional -sin que la tropa nacionalista lo jalease- muestra que Vila no cuenta con los más recalcitrantes del procés. Pero no todo está perdido para él. El nacionalismo mesocrático catalán necesita urgentemente líderes que le saquen del charco en el que les ha dejado Puigdemont y, como la historia no para de demostrarnos, el zóon politikón tiene la memoria de un pez. Es muy posible que a Santi Vila se le perdonen los pecados antes del 21-D, incluidos los de su ferviente taurinismo. Pasó con Suárez, ¿por qué no iba a pasar con el también atractivo y fotogénico político de Granollers?

 

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