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La travesía de Elcano, obra del pintor de batallas Augusto Ferrer Dalmau

La travesía de Elcano, obra del pintor de batallas Augusto Ferrer Dalmau

La Razón

La crónica de uno de los 18 supervivientes de la primera vuelta al Mundo, el italiano Antonio Pigafetta, está plagada de hechos extraordinarios. Caníbales, gigantes, tempestades terribles, reyezuelos extravagantes, perlas como huevos de gallina, murciélagos “tan grandes como águilas” y, sobre todo, hambre, mucha hambre, tan acuciante como para terminar comiendo serrín y ratas. Estas son algunas curiosidades de una de las mayores hazañas de la historia rescatadas por la pluma de Pigafetta, quien por cierto ni siquiera menciona a Elcano:

Confesados y sin mujeres a bordo

Tras navegar por el Guadalquivir hasta Sanlúcar de Barrameda, "donde está el puerto que da al océano", la expedición permaneció más de un mes dedicada al avituallamiento de los navíos. Todas las mañanas, los marineros bajaban a tierra oír misa y antes de partir, el 20 de septiembre de 1519, Magallanes ordenó a toda la tripulación que se confesase, "prohibiendo en absoluto que se embarcase mujer alguna en la escuadra.

Los tiburones no se comen

En las primeras semanas de singladura, cuando el mar estaba en calma a la tripulación le llamó la atención la presencia junto a las naves de "grandes peces" con "hiladas de dientes formidables". Si por desgracia algún hombre caía al mar, apuntó Pigafetta, "lo devoran en el acto". Eran tiburones. Pero pese al peligro intentaron pescarlos para proveerse de alimento fresco. Y aunque consiguieron capturar alguno con anzuelos de hierro, los esfuerzos fueron en vano. "Los más grandes no sirven para comer y los pequeños no valen gran cosa".

Devorados por caníbales

En enero de 1520, Magallanes llega al Río de la Plata, "donde habitan los caníbales". Atemorizados por la presencia de las naves, uno de ellos, "de estatura gigantesca y cuya voz se asemejaba a la del toro", se acercó a la expedición intentando tranquilizar a sus compañeros, que se retiraban hacia el interior temiendo que les hicieran daño. Un centenar de marineros desembarcó para saciar su curiosidad e intentar capturarlos, pero "daban unos pasos tan desmesurados que aun corriendo y saltando no pudimos alcanzarlos". El exceso de confianza terminó resultando fatal para Juan de Solís y sesenta tripulantes, quienes fueron devorados por los caníbales, "en quienes se había confiado demasiado".

Gigantes patagónicos

Ya en los confines australes del continente americano, transcurrieron dos meses hasta que volvieron a ver a un ser humano, "un hombre de estatura gigantesca" que estaba en la playa cantando y bailando semidesnudo, armado con arco y flechas, y a quien los expedicionarios apenas le llegaban a la cintura. Magallanes mandó darle de comer y pasados los días, y ganada su confianza, cuatro indígenas, ya bautizados como "patagones", se presentaron ante Magallanes. Decidieron retener a dos de ellos para llevarlos a España y tras colmarles de cuentas de vidrio y espejuelos, les ofrecieron dos argollas de hierro. Como no les cabían ya en las manos, les propusieron ponérselas en los tobillos para que se las pudieran llevar. Una vez encadenados, "se pusieron furiosos, soplando, aullando e invocando a Setebos, que es su demonio principal". Uno de ellos murió al no poder soportar las altas temperaturas durante la travesía. El otro fue bautizado a bordo con el nombre de Pablo pero murió de escorbuto

Castigo a los amotinados

Los cinco meses en el puerto de San Julián, donde pasaron el invierno, se vieron sobresaltados por un intento de motín de los capitanes de cuatro de las naves, que planearon un complot para matar a Magallanes. Descubierto a tiempo, uno de los amotinados, Juan de Cartagena, fue descuartizado y otro, Luis de Mendoza, acuchillado. Gaspar de Quesada salvó el pellejo, pero cuando poco después urdió una nueva traición, fue abandonado en las costas patagónicas con uno de sus cómplices, un sacerdote, a quienes recogería posteriormente un desertor de la expedición, el piloto Esteban Gómez.

Estrecho de las Once Mil Vírgenes

El 21 de octubre, la expedición dio con el estrecho que desembocaba en el Pacífico y que hoy lleva el nombre de Magallanes. La tripulación estaba convencida de que no había salida, pero el marino portugués lo había visto dibujado en un mapa del cosmógrafo Martín de Bohemia que tenía en su poder el rey de Portugal. Fue el momento que aprovechó para desertar con uno de los navíos Esteban Gómez, que estaba resentido con Magallanes porque el emperador había desechado su expedición a las Molucas, el archipiélago de las especias, en la actual Indonesia, al decantarse por el proyecto del marino portugués, en el que solo pudo enrolarse como piloto. Lo que peor llevaba, no obstante, era "encontrarse bajo las órdenes de un portugués". Cuando los tripulantes de La Concepción comunicaron a sus compañeros, tras tres días de singladura, que al otro lado del estrecho había un gran mar los expedicionarios lloraron de alegría. Lo bautizaron como estrecho de los Patagones .

Un menú de serrín y ratas en el Pacífico

La singladura por el Pacífico, ya en noviembre de 1520, no fue especialmente placentera. Durante casi cuatro meses no probaron ningún alimento fresco. Los bizcochos, unas tortas de harina de trigo, la dieta más habitual a bordo, estaban comidos por los gusanos y desprendían un olor insoportable, impregnados como estaba de orines de ratas. Bebían agua "podrida y hedionda" y tenían tanto hambre que no les quedó más remedio que comerse tiras de cuero, que ablandaban durante cinco días en agua del mar y luego cocinaban a la brasa, e incluso serrín. Las ratas "habían llegado a ser un alimento tan delicado que se pagaba medio ducado por cada una". La falta de productos frescos hizo que muchos tripulantes enfermaran de escorbuto. Diecinueve de ellos murieron. Por fortuna, durante toda la travesía no padecieron tormenta alguna (de ahí que bautizaran como Pacífico al gran océano). De no ser así, reconoce el cronista, "habríamos todos perecido de hambre". "No pienso que nadie en el porvenir ha de querer emprender semejante viaje", se desahogaba Pigafetta.

El pastor no abandona a su rebaño

El afán evangelizador de Magallanes terminó por costarle la vida. Tras abrazar la fe cristiana el rey de Cebú, en el archipiélago de Filipinas, bautizado entonces de San Lázaro, durante la estancia de la expedición “se bautizó a todos los habitantes de Zubu y de las islas vecinas”, salgo a los indígenas de la aldea de Bulaya, situada en la isla cercana de Mactán, que “rehusaron obedecer al rey”. El poblado fue quemado y se plantó una cruz. Los nativos no olvidaron la afrenta. Alertado por otro cacique de la isla que sí se había convertido al cristianismo, Magallanes decidió ir a darle su merecido. Aunque sus hombres le rogaron que no fuese, él rehusó esa posibilidad porque, según les dijo, “como buen pastor no debía abandonar al rebaño”. Con apenas medio centenar de hombres y tres chalupas echaron pie a tierra. Les esperaban 1.500 indígenas y una lluvia de flechas, estacas y piedras. Alcanzado en una pierna, Magallanes ordenó la retirada, pero ya era demasiado tarde. Herido de una lanzada en la frente, los nativos se arrojaron sobre él, que “se volvió varias veces para ver si habíamos podido salvarnos”. Era el 27 de abril de 1521. Los expedicionarios intentaron recuperar su cadáver ofreciendo al reyezuelo “las mercaderías que nos pidiesen”, pero los indígenas se negaron. Querían conservar el cuerpo “como un monumento de la victoria”.

Más oro que pelos en la cabeza

En la isla de Butuán (hoy de Mindanao), los indígenas aseguraron por gestos a los expedicionarios que en sus valles había “más oro que cabellos teníamos en la cabeza”. Pero como no tenían utensilios de hierro para extraerlo, “no lo explotaban”.

El protocolo del rey de Palawan

En la isla de Palaoán (Palawan), los tripulantes visitaron al reyezuelo local montados en elefante. Durmieron en colchones forrados de algodón forrados de seda y sábanas de tela de Camboya. Dirigirse al rey les resultaba complicado, pues no podían hacerlo directamente. En primer lugar, debían transmitir sus palabras a un cortesano, que se las trasladaba a un cortesano de mayor rango, y este a su vez a un hermano del gobernador quien, por medio de una cerbatana atravesada en la pared, comunicaba el mensaje a un oficial del soberano, el que finalmente lo ponía en conocimiento del cacique.

Perlas como huevos de gallina

En la corte del rey de Brunei, los expedicionarios se quedaron con las ganas de ver las perlas del soberano, que según se decía eran "tan grandes como huevos de gallina" y de una redondez tan perfecta que "colocándolas sobre una mesa bien lisa, no se estan jamás quietas". Y aunque le pidieron por gestos que querían verlas y el mandatario les prometió que se las mostraría, "no las merecimos".

Por fin en las Molucas

En noviembre de 1521, siete meses después de la muerte de Magallanes, arribaron por fin a las Molucas. "Dimos entonces gracias a Dios y en en señal de regocijo hicimos una descarga general de artillería". Llevaban ya 27 meses de travesía y habían visitado en ese periplo multitud de islas "buscando siempre las Molucas". Las especias era un bien muy preciado en la época, por lo que no es de extrañar que los tripulantes intentasen hacer acopio de ellas: cada marinero "quería llevar a España todo lo que podía" y se afanaban en cambiar sus ropas por clavo. Pero cuando la única embarcación que les quedaba, la nao Victoria, iba a hacerse a la mar en la pequeña isla de Tidore, la sobrecarga era tal que no tuvieron más remedio que dejar 60 quintales (seis toneladas) de clavo en tierra. Algunos marineros decidieron quedarse en las Molucas temerosos de que la embarcación naufragase o porque, "recordando todo lo que habían sufrido", no querían "perecer de hambre en medio del océano". Las naves lucían velas nuevas con la cruz de Santiago y la inscripción: "Ésta es la enseña de nuestra buena fortuna".

La enfermedad del Santo Job

A su paso por Timor, Pigafetta anota que en todas las islas del archipiélago "reina la enfermedad del Santo Job" (venérea). "Y aquí mucho más que en ninguna parte", subraya", donde la llaman "for franchi", esto es, enfermedad portuguesa".

Tempestad en el cabo de Buena Esperanza

La expedición entró en el Índico en febrero de 1522 y tres meses después se enfrentó al siempre peligroso reto de doblar el cabo de Buena Esperanza, "el más grande y más peligroso cabo conocido de la tierra", donde les sorprendió una terrible tempestad. Las vías de agua en la embarcación, el frío y el hambre (su único alimento era el arroz, pues la carne estaba podrida al no haberla podido sazonar para conservarla) hicieron que algunos tripulantes abogasen por desembarcar en Mozambique, donde sabían que existía un asentamiento portugués. "Sin embargo, hallándose la mayor parte de la tripulación inclinada más al honor que a la vida misma, determinamos hacer cuantos esfuerzos nos fuera posible para regresar a España, por más que tuviéramos aún que correr algunos peligros". El 6 de mayo, consiguieron por fin doblar el terrible cabo.

El último esfuerzo

Remontando la costa occidental de África en dirección a la península, las dificultades no habían terminado. Veintiún hombres fallecieron y, al arrojar sus cuerpos al mar les llamó la atención que "los cadáveres de los cristianos quedaban siempre con el rostro vuelto hacia el cielo, y los de los indios con la cara sumergida en el mar". A punto estuvieron de morir todos de hambre si la meteorología no hubiese sido favorable. Tras fondear en Cabo Verde, el sábado 6 de septiembre de 1522 entraron en la bahía de Sanlúcar. De los 240 hombres que partieron con Magallanes solo sobrevivieron 18. Habían dado "la vuelta al mundo entero" tras recorrer más de 14.460 leguas marinas.

Elcano se reivindica ante el rey

Ese mismo 6 de septiembre, aun a bordo de la nao Victoria, Elcano escribe una carta al emperador Carlos comunicándole que "estando flacos como jamás hombres estuvieron, con la ayuda de Dios e Santa María, pasando los tres años llegamos". Y atreviéndose incluso a tutear al soberano, le recordaba que "lo que en más hemos de estimar y tener es que hemos descubierto e redondeado toda la redondez del mundo, yendo por el occidente y viniendo por el oriente", para lo cual habían padecido para servirle "muchos trabajos y sudores y hambre y sed y frío y calor".

 
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