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LA SEGUNDA REPÚBLICA Y CATALUÑA

LA SEGUNDA REPÚBLICA Y CATALUÑA

/Juan Sánchez Jiménez 

En 1931 ganaron las elecciones los partidos republicanos y algunos elementos contrarios se levantaron contra el nuevo régimen, especialmente los generales Sanjurjo y García de la Herrán en Sevilla, donde la reacción popular incendió centros y edificios particulares con choques entre la gente y la policía, con algunos muertos y heridos. Otro tanto ocurrió en Granada y otras ciudades, provocando una huelga general, siendo Sanjurjo condenado a pena de muerte después conmutada y cuando escapaba a Portugal, fue detenido en la frontera.

          En este ambiente revolucionario el gobierno de Manuel Azaña concedió a Cataluña la autonomía administrativa y política, declarándose oficiales el uso del dialecto catalán y la lengua castellana, con el poder de crear toda clase de centros de enseñanza, entre otras muchas transferencias que en la práctica convirtieron a Cataluña en un nuevo país y una región menos en España, a pesar de que los políticos catalanes quedaron descontentos por no habérsele concedido la independencia total.

          Lo que ocurrió a continuación fue que el gobierno regional (llamado Generalidad, que significa "la Nobleza, los gobernantes") organizó por su propia iniciativa un estado soberano, de la mano del partido de izquierda Esquerra y del presidente Companys, que al legislar sobre materias reservadas por la Constitución al Estado y llevado este asunto al Tribunal de Garantías, declaró inconstitucional la ley de Contratos, sentencia que la reacción catalana rechazó. El Gobierno quiso quitar las delegaciones de Justicia y Orden Público al Estatuto catalán, iniciativa que no cuajó ante el ambiente revolucionario creado por los políticos independentistas, que se extralimitaban rápidamente en sus funciones, siguiendo la actitud del presidente Companys, que consiguió el acuerdo unánime de oponerse con la resistencia armada, llevando a las calles el conflicto, mientras se negociaba la compra de armas en países europeos.

          El presidente del Gobierno pecó excesivamente de apocado al no tomar rápidamente una acción enérgica ante el derrotero que siguieron Companys y los suyos, actitud que copiaron los independentistas vascos haciendo causa común con el partido Esquerra para formar parte del frente revolucionario que preparaban los socialistas.

          En este clima de odio a España llegó el momento en que el presidente Companys declaró ante una muchedumbre la República Catalana, rompiendo con el Gobierno, obligando a éste a declarar el estado de guerra, nombrando al general Batet para resolver la situación, medida que provocó un movimiento popular empezando el tiroteo por toda Barcelona. Al día siguiente el gobierno rebelde fue hecho prisionero e internado en un barco de la Armada que esperaba en el puerto y uno de los cabecillas del enfrentamiento escapó por una alcantarilla y se fue a Francia.

          Así terminó todo y veremos cómo termina ahora, pero puesto que Cataluña no podría sobrevivir sin España y ésta  se encontraría coja sin contar con Cataluña, la única solución, digan lo que digan los políticos y el resto de esa gente, es prohibir en España los partidos nacionalistas, como ya se hizo a principios del siglo pasado, sin posibilidad de participar en las elecciones; seguir teniendo contemplaciones es perder el tiempo como la Historia viene demostrando. Y esa prohibición hay que hacerla por sólo una justificación: la Seguridad Nacional. Punto.

Documentación: Carlos Seco Serrano, "Historia de España", Instituto Gallach, 1975.

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