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AQUELLA TEMIDA NOCHE

AQUELLA TEMIDA NOCHE

/EL MAESTRO

Una cruda noche de invierno, la chiquilla  con su desportillada maleta  de cartón piedra, rota las cantoneras y atada con una sucia cuerda, llegó a la solitaria estación del tren. A lo lejos se oía el canto lastimero de una lechuza.  Unos densos y oscuros nubarrones  presagiaban una inminente tormenta. En lontananza a lo lejos culebreaban chispas eléctricas que hacían aún más tenebrosa y lúgubre la noche.

 

Sólo rompía el silencio nocturno ráfagas enfurecidas de fuerte viento que hacían  más triste y tétrico aquel solitario lugar. Una hilera de bombillas mecidas por el impetuoso vendaval  iluminaba el andén solitario a esa inusual  hora de la  noche. En su fuero interno se sintió arrepentida de haber  sentido el impulsivo deseo de visitar a su amiga Magdalena; cosa que le hacía  necesario el viajar en tren, donde ella vivía no existía otro  medio de locomoción.

 

Con lo a gusto que hubiera estado en su casa, junto a la chimenea encendida, oyendo el crepitar de la leña al arder, acompañada por una dulce melodía de música clásica, mientras acariciaba el lomo de su gato Zapirón y éste  ronroneaba cariñoso. Ya era tarde  para arrepentirse de haber seguido el impulso viajero. Aquella madrugada había lloviznado y en el edificio de la estación los carámbanos helados  colgaban del alero  del tejado como flechas hirientes o mejor dicho como malignos dientes de algún  monstruo de cristal. El frío le hizo temblar, se subió el cuello de su abrigo  instintivamente. Una sensación de orfandad y rabia la fue invadiendo, agitándole el alma.

 

Con antelación había entrado al recinto de la estación. Al fondo de ésta un anciano empleado, salido del olvido, emergía por la ventanilla  expendedora de los  billetes, parecía acorde con su pobre y triste entorno. No desentonaba de aquel tenebroso y desolado paisaje de la estación. La chica una vez sacado su billete lo introdujo en su bolso de mano.

 

Mientras esperaba la llegada del tren, notó como la soledad se alargaba con su abrigo, sus raíces se clavaban en el cemento resbaladizo del andén. De repente el cielo se enfureció lanzando relámpagos frenéticos, espadas de plata, que terminaron formando a su alrededor un circulo de luces y sombras, que parecía protegerla. Las luces se encendían y apagaban al ritmo de los truenos. Era como si el manto helado de la noche se hubiese adueñado del recinto de la estación.

 

Un aguacero repentino se desató y fue  bañándola hasta empaparle los huesos. Su abrigo de lana destilaba agua, se alargaba con el peso, crecía, se abría y  extendía ramificado. El tren emergió rugiendo  de la oscuridad, arrojaba vapor deslumbrante de luz; con un chirrido prolongado y estridente se detuvo en el andén del apeadero. No descendió  ningún viajero. La pasajera subió al último vagón apresuradamente. Se sacudía  el agua que le había  caído encima, sentía la necesidad de abandonar pronto aquella espeluznante y solitaria estación.

 

Subió al vagón,  penetró al compartimento; una bocanada  de olor a rancio, bocadillo añejo y humo atenazó su garganta. Tosió para ventilar y limpiar sus pulmones de aquel fétido olor. En el pasillo del vagón tuvo que sortear mondaduras de naranjas, de manzanas, vasos vacíos de cartón, botellas y refrescos volcados, así como periódicos sucios y arrugados. Pensó en lo descuidados que eran los viajeros de ese recorrido ferroviario.

 

Buscó con la vista un asiento libre en el vagón en penumbra; colocó su desvencijado equipaje en el altillo y se sentó cansada. El tren tras un fuerte pitido, reanudó su monótona marcha, al rato la chica dormitaba mecida por el sonido cadencioso del ferrocarril, acompañado por el cansino golpeteo de la lluvia que tamborileaba sobre el techo del vagón. De pronto olía a lluvia y a tierra mojada; los relámpagos rompían un cielo que había pasado a vestirse por completo de espesos nubarrones. De repente se abrió la puerta del compartimento, penetraron dos individuos de aspecto zarrapastroso: aquel hombre con pinta de marinero desteñido de asfalto y ojos estrábicos y nublados; tenía una cabeza  llameante, que flotaba hacía ella; tropezó y dio un traspiés al penetrar en el compartimento. De su boca brotó una soez palabra, que el otro coreó; éste último no tenía pelo a la luz del pasillo brillaba su oronda calva; sus dientes estaban sucios y ennegrecidos por el tabaco, que ambos masticaban con fruición.

 

De vez en cuando por sus desdentadas y malolientes bocas, lanzaban al suelo espumosos escupitajos, mientras esbozaban simiescas sonrisas. Hablaban a voces y reían sus propias y desangeladas  ocurrencias. La luz  exterior de los relámpagos iluminaba a ratos el interior del vagón. ¿Qué  chica es ésta? indagó el primero señalando a la desvelada muchacha. Es la muchacha más rara que he visto en mi vida, dijo el calvo. La joven ante el comentario se ovilló en su asiento, su sosiego y descanso se había esfumado, voló rápido como el vuelo de una bella mariposa en primavera. Se sentaron  frente a ella y depositaron sus zapatones llenos de  barro  de   la lluvia sobre el asiento próximo a ella. La pobre chica  tuvo que separarse, pues si no ella hubiera servido de escabel a  los dos  mal avenidos pasajeros. Sacaron una vieja guitarra y se dieron  a salmodiar una vieja y áspera canción, con buena voluntad, pero con bastante desatino; se podía asegurar sin temor a equivocarse que el canto no era lo suyo.

La joven los miraba con  ojos asustados; éstos no hacían más que mirarla y reírse ambos. Se levantó   molesta e intentó coger su maleta para trasladarse a otro asiento, pero de improviso sucedió algo extraño: el hombre se estiró y le acarició la mejilla con suavidad. Ella no supo que decir, ni que reaccionar. El calvo le espetó: ¡No te iras a marchar ahora preciosa!. No seas aguafiestas, toma bebe un trago y acompáñanos a cantar... La chica se acomodó  de nuevo en el asiento y con un  débil  hilo de voz acompañó a los dos desafinados cantores. ¡Bebe, toma un trago!, le insinuó el rubio, ¿es qué no tenemos  suficiente categoría para que bebas con nosotros?.

 

Por favor respondió la muchacha. Se lo suplico, es que no estoy acostumbrada  a beber, por  Dios  déjeme marchar, se lo pido. Vamos  querida le gritó éste enfurecido, no querrás que nos enfademos contigo. Preferiría no tener que castigarte por ello. Viendo que no tenía salida, resignada, continuó sentada en su asiento y tomó un trago pequeño de aquel mejunje, que le supo a perros.

 

Aguantó las lágrimas que se le saltaron y la bocanada que sintió al ver la sucia y maloliente botella. Pidió a Dios desde lo más profundo de su pensamiento ayuda en tan temido y penoso trance, ignoraba como acabaría éste aciago viaje que nunca debió emprender. La chica no pudo dejar de pensar en la escena, aunque rodeada de viajeros, ella estaba sola frente a ellos. Los otros viajeros parecían ignorar el mal rato que le estaban haciendo pasar aquellos energúmenos cantores.

 

Con un chirrido de frenos el tren  se paró bruscamente, la joven estaba tan asustada que ni se dio cuenta de tal cosa. Su estación de destino era precisamente  esa parada, ella ni lo notó, su ánimo no la acompañaba.  De pronto una voz cantarina vino en su ayuda, parecía que Dios había oído su súplica; era su amiga Magdalena, que entró al compartimento, la agarró del brazo, cogió su maleta y sin decir  palabra la ayudó a apearse de aquel maldito tren. Ambas ya en el andén de la estación dieron un suspiro, la una de dicha y la otra de alivio. El viaje por fortuna  había felizmente finalizado.  Esa noche, después de suponer poco, inventar mucho y no llegar a ninguna conclusión, sobre la almohada, ya tranquila se dejó invadir por una pequeña alegría que la apartó de su maraña de inquietudes y sinsabores pasados en el fatídico tren.  Rememoró las simiescas caras de los dos molestos viajeros, que le habían amargado el corto pero no menos eterno y pesado viaje. Tardó un  buen rato en poder conciliar el sueño. Una y otra vez  oía las risotadas de los dos desaforados y malévolos músicos. Sentía el  rasgueo monocorde de la guitarra escuchaba las desafinadas canciones de los improvisados tenores. Al fin  tuvo que rendirse al sueño agotador en que se hallaba por el ajetreado y molesto viaje. Prometió en su fuero interno, no viajar más en tren, mientras se acordará de ello. En su mente corrió un velo  tupido y espeso que le hizo olvidar tan extraño suceso.  Hoy cuando rememora con su amiga  aquel viaje, todavía siente escalofríos que le hacen desear no volver a padecerlo de nuevo. La pesadilla de la noche pasada no se había  llevado sus angustias. Su amiga Magdalena como no lo vivió, la acusa de exagerada y mojigata. Pero ella le dice: si, como tú no lo has vivido; si lo hubieras vivido lo verías de otra manera.

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