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Diarios de Ayanta

Diarios de Ayanta

22 de Junio

Soy una mentirosa. No lo puedo evitar. Siempre cuento un montón de mentiras. Y desde que se desató este pandemonium y comencé un diario privado que se convirtió en público, todavía más. 

Mis familiares y amigos lo leen curiosos, y luego me acribillan a mensajes porque no se acaban de creer nada. 

-¡Lo único cierto es lo que escribo aquí! ¡Aunque parezca mentira!- les prometo. 

Pero no hay manera. No me creen. No se dan cuenta de que me apetece muy poco hablar y mucho escribir. Así es que, cuando me piden explicaciones, me las invento. Porque la verdad ya la he contado por escrito. O casi. Y detesto repetirme.

García Márquez dijo que tenemos tres vidas: la vida pública, la vida privada y la vida secreta. Mi padre añade una cuarta, la misteriosa. Pues bien, lo que sale de mi pluma pertenece al misterio de mí misma. Cada tecla, cada letra, es una pincelada que dibuja mi ser. Y me sorprende, porque a veces me reconozco. Y otras, no. Y me inquieta, porque olvido lo que es real. Y lo que no. Juego a la ceremonia de la confusión y acabo por creerme lo que escribo. Y también lo que digo. Y al final me confundo hasta yo. 

Así es que ahora voy a confesarlo todo de una vez. Con una mano en el corazón y la otra sobre el Quijote.    

Mentiras gordas de los últimos meses: 

-He escrito que estaba confinada. Y sin embargo, he roto el encierro en cuanto he podido.

-He asegurado que el hombre que siempre me gustó era una fantasía. Y sin embargo, existe. 

-No he comunicado mi marcha a Italia en el trabajo. Y sin embargo, me he ido.

-He firmado una serie de certificados con reglas obligatorias y absurdas en diversas ocasiones. Y sin embargo, no las he acatado.

-He dicho que viajaría en barco porque resultaba más literario. Y sin embargo, he alquilado un coche. 

-Me han prohibido pasar la frontera. Y sin embargo, la he cruzado.

-He afirmado que soy la hija de mi tía para tener acceso a un hospital con las visitas restringidas. Y sin embargo, soy su sobrina.

-He jurado que no me volvería a enamorar. Y sin embargo...

Y así con todo. 

He aplicado la política de los hechos consumados, sin pedir permiso. Lo reconozco. Para sobrevivir a esta locura como he podido, pero sin dañar a nadie.

Y no tengo ninguna intención de pedir perdón porque, además de mentirosa, soy desobediente.

23 de Junio

Pondré punto final a este diario el 1 de julio, cuando regrese a España. Si es que consigo regresar, claro. Ya está bien de perder el tiempo. Debo volver a la novela que estaba escribiendo antes de que se desatara el virus. Me lo ha dicho también mi editora. Que un diario es una obra menor, que es puro veneno para las ventas, que es todavía peor que publicar un libro de cuentos, que los libreros los odian, que me olvide y que me dedique a lo que de verdad importa. 

Tengo la certeza de que ni lo ha leído.

Y yo ya no sé lo que de verdad importa.

De hecho, me importa todo una mierda.

Bueno, todo, todo, tampoco. Me importa que mi tía se tome el caldo que le he preparado esta mañana. Y poco más. ¡Hay que ver cómo se achican los deseos cuando vienen mal dadas!

Anoche Sandra y yo fuimos a cenar a casa de nuestra amiga Matilde. Hacía un calor tremendo. Pasamos la velada desmadejadas en el sofá, con la perra Lola a los pies. Ellas fumaban marihuana, yo bebía agua fría. A la vuelta, mi hermana me contó que una vez encontró una corneja escondida detrás de la rueda de un coche. Piaba, estaba herida y era feísima. Sandra se había vestido muy elegante porque es actriz y tenía que ir a un casting. Aún así la cogió y se la llevó. Llegó a la productora con una corneja en la mano, el guión bajo el brazo y la chaqueta blanca manchada de sangre.

Debieron mirarla raro.

No sé si le dieron el papel. 

Eso no me lo ha contado. 

Porque lo que de verdad importaba era lo otro. 

Lo de la corneja.

24 de Junio

Días de hospital y cocina. Voy y vuelvo, cargada con un termo. A la hora de comer y a la hora de cenar. Mi tía rechaza las bandejas que le dejan en la mesita con ruedas. Dice que aquello es incomible. El resto de pacientes hacen lo mismo. Toneladas de comida envuelta en plástico que se tira a la basura diariamente. 

B. lleva diez días ingresada. Diez días sin tratamiento porque no hay una ambulancia libre que la pueda trasladar a otro pabellón donde le hagan una resonancia magnética. Diez días sin dormir porque una de sus compañeras de habitación aúlla de dolor y llama a un marido que no está. Diez días agotada de calor porque la habitación no está climatizada y el sol entra por la ventana abierta de par en par, que restalla de luz, de chicharras y gaviotas. Diez días sin un diagnóstico, diez días que son tres meses, a la espera de que le digan cuánto tiempo le queda de vida. 

Ya conozco a todo el mundo. Saludo al celador, al médico de guardia, a las enfermeras, a las enfermas, a los parientes de las enfermas. Sonrío y sonrío. Más de la cuenta. Sonreír es lo único que se puede hacer al entrar en el área de oncología. Es la mejor medicina. 

Me siento al lado de la cama. Le ofrezco las albóndigas que le he preparado. Se come media. La felicito, lo celebramos. Luego le pongo en el regazo un puñado de cerezas. Y comemos una ella y otra yo. Mirándonos a los ojos, concentradas. Una para ti y otra para mí. Varias. 

Me cuelgo dos cerezas de la oreja. 

-Eso lo hacía siempre tu madre- me dice.

Nos reímos. Mi tía y yo. Y mi madre también, allá donde esté. Como tres niñas sentadas en un prado. Como si no mediara entre nosotras ninguna distancia, ninguna diferencia. No tenemos edad. No estamos ni vivas ni muertas. Pero estamos juntas. 

Somos el espejo de la misma mujer.

25 de Junio

Sabía que iba a llegar ese momento. Un médico te aborda en el pasillo de paredes verdes y flechas en el suelo, te invita a pasar a su despacho, y te dice lo que ya imaginas pero no quieres oír.

Son esos momentos en los que hay siempre una luz cegadora, y la silla está demasiado dura, y los objetos sobre el escritorio parecen una ciudad en ruinas, y las palabras silban como balas, y un aire empolvado, desértico, entra por la ventana y reseca cualquier esperanza.

Tres meses de vida. No es ni poco ni mucho. No es nada.

Salgo a la calle. Me espera Leone, con sus pelos alocados, que antes eran rubios y ahora son ceniza, su porte de bailarín, sus ojos de niño, asustados. Y le digo todo lo que no se le puede decir a un hijo. Tenemos que tomar una decisión, si traer de vuelta a casa a su madre o internarla en una clínica de cuidados paliativos. 

Regresamos en silencio, caliento algo de comida. Y de pronto, le oigo reír en el salón. En realidad, confundo su llanto con la risa. Cuando era pequeña me pasaba lo mismo. Leone nunca aprendió a llorar. Me siento a su lado. Al rato, llega Sandra. Y pasamos toda la tarde y la noche juntos. Volvemos a ser tres. Los tres chavales que jugaban en esta misma casa cuando, los que ya no están y los que se van, eran como nosotros, pero a nosotros nos parecían viejos. Y entonces Leone mira a Sandra y le dice algo incomprensible.

-¿Eh?- pregunta ella.

Leone le hace una pedorreta larga, infinita, liberadora. Se la ha colado. Una vez más. Nos morimos de la risa. Tirados en el diván, despeinados. Un revoltijo de brazos y piernas, de zapatillas y sandalias, de caramelos y colillas. Un barullo de amor.  

Y pienso que todo vuelve. 

Que nada ha sido en vano. 

26 de Junio

Ya no sé qué hacer. No duermo, no como, no trabajo. Me despierto al alba para ir al departamento de reclamaciones del hospital. Entro en una habitación que parece un trastero. Al fondo hay un hombre sentado frente a un pupitre de colegio de los años setenta. Me mira por encima de sus gafas y a través de una mampara de plástico que le han colocado como protección. Me acomodo en una silla a dos metros de distancia. También la silla es de colegio. Le explico la situación inaudita que estamos viviendo. Me contempla con la pachorra de quien escucha por enésima vez la misma historia. 

-Mí tía está abandonada en una cama de hospital. Cada día posponen las pruebas que le tienen que hacer porque dicen que no hay una ambulancia que la lleve de un pabellón a otro. Y así llevamos dos semanas. Está cada día más débil, cada día más ausente. Y nadie nos dice nada. Es realmente increíble que un enfermo grave no consiga siquiera obtener un diagnóstico. 

Silencio. Apunta algo en un cartapacio.

-Antes que poner una reclamación lo mejor sería llamar al servicio de transportes para indicarles la situación. ¿Usted quiere que aceleremos el caso?

-¡Claro! Le estaría muy agradecida.

Pausa. Me mira a la espera. 

No entiendo nada, hasta que entiendo. Saco un billete de cincuenta euros de la cartera. Se lo dejo encima del pupitre y vuelvo a mi sitio. Lo desliza dentro del cartapacio, con un movimiento lento, preciso, como si lo hubiera hecho mil veces. Coge el teléfono y llama. Le dice a alguien que ponga un post-it amarillo en la cartilla clínica de mi tía. Cuelga. 

-¿Lo ve como siempre se encuentra una solución?

Salgo a la calle. Guantes y mascarillas pisoteadas en el suelo, paredes desconchadas, un patinete roto abandonado a los pies de un árbol. Me siento como Anna Magnani. Camino por los escombros. Bajo un sol abrasador. 

27 de Junio

Entro en el cuarto pero me impiden el paso. La mujer que llamaba a su marido por las noches se está muriendo. Varios enfermeros extienden un biombo, intentan reanimarla. Acierto a ver la cara aterrada de mi tía. Me quedo apoyada a la pared del pasillo, a la espera de que todo acabe. Escucho sonidos aterradores. Pitidos, palabras de alarma, lamentos. Parece una escena de una serie de televisión. 

Al cabo de un rato, consigo entrar. La familia de la finada ya rodea su cama. Lloran, gritan, se abrazan. Mi tía me mira consternada. La paciente de al lado, también. Hablo por encima de los alaridos, en el intento de que pasen desapercibidos. Tengo en la mano una copa de helado de pistacho y avellana que le ha comprado Sandra en una de las mejores heladerías de Roma. Se derrite. 

-No puedo comer nada- me dice B. 

No le hago caso. Clavo la cucharilla en la crema y se lo doy. Mientras, al otro lado del biombo, pasa de todo. Y a mí no me pasa nada, no siento nada. Estoy fría, deshecha, como el helado que gotea en mi mano pegajosa. Y no veo la hora de irme, de huir de allí, de no volver nunca más, de que acabe esta tortura de una vez. Aunque eso signifique el final. Tengo un brote de egoísmo, de supervivencia, de insensibilidad total. 

Basta ya. 

Salgo de allí, voy hacia casa andando y me veo reflejada en un escaparate. No me reconozco. He olvidado quitarme el gorro, la bata, los patucos de los pies. Me desvisto, tiro el amasijo en una papelera de la calle. 

Vuelvo a ser yo. 

Por la noche me llama el hombre que siempre me gustó. Dice que mañana viene a Roma. Es sorprendente. Creo que nunca nadie me ha querido así. Aunque quizá me equivoque, y ya no lo recuerde, porque la vida es muy larga. Y muy corta a la vez.

29 de Junio

Ha venido. A pesar de que le dije que no lo hiciera. Que no estoy de humor, que no tengo tiempo, ni ganas. Que no quiero que me vea así. Pero le ha dado igual. Y ahora está aquí, dormido a mi lado, mientras escribo el diario en mi cabeza. Mi mejilla y mi mano en su pecho. Tiene un vello suave, tentador. Escucho el compás de su corazón mientras amanece en mi casa romana. Me levanto despacio, para no despertarle. Me pongo el camisón que ha quedado en el suelo, después de una noche de amor. Salgo al jardín descalza. Silban los pájaros, chillan las gaviotas, cacarean las palomas, maúllan los gatos, ladran los perros, sopla una brisa suave. Y tañen las campanas de la iglesia. Miro hacia la luz violeta que brota del cielo y descubro una manzana roja, solitaria, colgada de un árbol. Levanto el brazo, lo estiro todo lo que puedo, la alcanzo. La arranco, porque es mía. La huelo, la muerdo. Un jugo blanco, delicioso, refresca mi boca, cae por mi cuello, endulza mi cuerpo. Y lo envenena.

Un nuevo día comienza en este paraíso.

Un nuevo día comienza en este infierno.

Continuará...       

agenciafebus | 30 junio, 2020 de 23:54 | Etiquetas: Ayanta Barilli | Categorías: Un diario y dos gatos | URL: https://wp.me/pbNlz0-JO

Semana XIV en los diarios de Ayanta

por agenciafebus
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