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El piano III

El piano III

/Juan Moreau Tamayo

Los cuartos de baño, alicatados hasta la mitad del muro con un blanco de armiño… una palangana con pie de hierro, con su correspondiente jarrón de pura porcelana china, bañera del mismo metal, con patas, espejo enorme deteriorado con el paso del tiempo, y suelo de losetas grandes en blanco y negro, que asemejaban un tablero de ajedrez.

En la planta baja, la enorme cocina con su hornilla de carbón mineral, alicatada, como los cuartos de baño, con azulejos blancos hasta la mitad de la pared, una gran mesa rectangular y una solera sevillana preciosa; el comedor tan amplio como “la salita”, y más pequeño el que, en verano era preferido por toda la familia pues daba al jardín que tenía plantada dos “damas de noche” y que además de alegrar la vista, nos deleitaban con el olor de tantas y tantas plantas que florecían en primavera, dando vida al vetusto caserón.      Completaba la casa una terraza cubierta de yedra entoldada estancia veraniega y punto de inicio de nuestros juegos infantiles.     A la entrada, el jardín chiquito pera fantástico en todos los aspectos.    ¡Cuántas trastadas hemos hecho mis primas y yo en la añorada casa solariega!

Tío Marcelino se jubiló; compró un piso bastante grande pero lógicamente mucho más pequeño.      Los muebles se vendieron a un buen precio.      Yo pasé a otro centro de estudios en Málaga, y los mayores, por ley de vida, nos fueron dejando, cada cual siguió su rumbo y quedaron los buenos recuerdos y poco a poco quedó así, el caserón/palacete.

 

Volví a visitar al doctor, en Málaga, estaba completamente curado.      Como en la ocasión anterior nos hicieron pasar a la salita que tantos recuerdos me traían a la memoria; estaba llenas de pacientes que esperaban ser recibido por el doctor; mis ojos se fijaron en el piano que tenía junto a mí, aunque era de cola, no me pareció tan enorme como cuando estaba en Cádiz, pero estaba tan reluciente y bien cuidado como antaño, lo que me alegró sobremanera.       Tras un buen rato contemplando la enorme lámpara de techo, apagada (ya que tenían encendidos unos apliques de sobremesa), los confortables sillones, la mullida alfombra… me avisa la señorita y me hago reconocer nuevamente por el doctor que me ausculta concienzudamente.      A instancias suyas, le relaté la historia de cómo encontré al cabo de los años los muebles que vendió mi tío con pelos y señales; a su vez me explicó cómo llegaron a sus manos; los adquirió en una subasta en Sevilla y que un experto aseguró que eran del siglo XIX.      Nos presentó a su esposa, yo a la mía que me acompañaba y quedamos las dos familias citadas a pasar una velada juntas en la propia sala de espera.

La sorpresa fue mayúscula tras la cena, a la que nos acompañó un familiar según su versión pues una vez terminada ésta, resultó ser un magnífico pianista que nos deleitó con las partituras:  Rapsodia Húngara, El amor brujo, Las bodas de Fígaro, y como colofón de la velada, la música joven, actual, pegadiza, que popularizó José Luis Campuzano, “Aires de la Caleta”.

A veces, cualquier hecho, sirve para estrechar lazos de amistad, en mi caso, unos muebles del siglo XIX, un piano, han servido para ello.   

 

 

 

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