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PORRA “AENTRO” PORRA “AJUERA”

PORRA “AENTRO” PORRA “AJUERA”

/Juan Moreau Tamayo

En los pueblos de la serranía, al norte de Andalucía, existían costumbres y tradiciones que han durado hasta la mitad del pasado siglo, años 40 y 50.

Interesantes era ver en alguno de ellos, las “novias” en los balcones y los “novios”, subidos en una escalera de madera, con la altura necesaria para llegar al balcón o a la ventana sujeta a la pared del edificio, aguantando fríos (para lo que utilizaban mantas), o calores, hasta altas horas de la noche, todo ello por amor…

Por aquellas latitudes incluso la forma de decir que el novio estaba junto a la casa de la novia para poder hablar con ella a solas, hasta que los padres dieran el correspondiente consentimiento, era interesante: “pelar la pava”, significaba estar ella dentro de la casapuerta o ventana de la casa y el pretendiente fuera.     A ciencia cierta, no se sabe por qué se utilizaba esa expresión; posiblemente sería que una de las tareas más laboriosas, al sacrificar un animal de esos era desplumarlo, pues aparte de las plumas grandes, que salen con cierta facilidad, quedan plumillas pequeñas muy arraigadas y que cuestan bastante tiempo en quitar, habiendo la persona de armarse de paciencia y tener mucho tiempo para dejar completamente desplumado al animal.     Esa paciencia y ese tiempo lo habrían de tener la pareja, aguantando como digo fríos y calores, vientos y lluvias, para seguir demostrando su amor…

En otro de esos pueblos, la tradición hacia a los varones buscar un buen trozo de madera blanda que se pudiera tallar; cada uno de los varones enamorados, con su navajilla o similar, mucha paciencia y maestría, hacía del tarugo de madera una “porra” con bastantes filigranas, obra que a veces no tenían nada que envidiar a la realizada por los mayores tallistas del país, teniendo como tenían una herramienta tan rudimentaria.

Luego, se iban a “mear el quicio” a la hembra de sus sueños durante muchas noches.     Esta expresión de “mear el quicio” provenía, según los eruditos, que al estar mucho tiempo en el mismo lugar a ver si venía su amada entrar o salir de la casa, cuando ya era hora avanzada de la noche y no pudiendo aguantar el pipí y a oscuras se pegaban a las paredes y echaban su “meada”, pues según un dicho popular “el macho, meando escansa”.

Pasado un tiempo prudencial para ser visto merodeando la casa, ser juzgado por la posible prometida y sus padres, normalmente en la fiesta del Santo Patrón, llamaba a la puerta, y una vez abierta decía:

“- Cudiao, Lolita (o el nombre de la chica)”, “con esta porra te declaro mi güena voluntá y cariño”. Luego lanzaba la porra dentro de la casa y decía estas palabras:

“- Porra aentro, o porra ajuera”.

Al día siguiente, si la porra no estaba en la calle, era que lo aceptaban como novio y si por el contrario estaba a la puerta, era que no lo querían.     No era tan fácil llegar a esa mujer; si era aceptado, al anochecer entraba en la casa donde comúnmente estaban los futuros suegros; cogía dos sillas y las ponía en el testero de la estancia que viera conveniente, sentándose en una de ellas; la otra quedaba vacía dos días más; entonces los suegros entablaban conversación con el sujeto, preguntaban por todo lo que no supieran de él, le aconsejaban un tanto recelosos que se marchara si no venía con buenas intenciones y…

Por fin, al tercer día la jovencita de la casa se sentaba junto a su pretendiente (pronto novio), siempre vigilado de cerca por un miembro de la familia que servía de “carabina”.

 

 

 

  

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