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Juanao el de Árola

Juanao el de Árola

/Juan Moreau Tamayo

En mis años mozos, estuve como “aprendiz” en el economato de la RENFE de Málaga y me tenían, como a todos los aprendices, un día en el almacén, otro en las oficinas, al siguiente en el mostrador despachando a los ferroviarios…  Nos llamaban los “champarrillas” (nunca he sabido el por qué ni el origen de la palabra), sólo que éramos los mozos para todo; las dichosas carretillas de una rueda nos tenían los riñones partidos, pues los sacos de legumbres pesaban 50 kilos; en contabilidad nos entregaban cuadrantes que en horizontal estaban primera o segunda quincena del mes, y en vertical veinte artículos diferentes.      Las cantidades de ventas diaria en cada uno de los artículos había que cuadrarlos por Kilogramos y precio vendidos o comprados.     Complicado ¿No?

En el despacho, se recorría uno muchos kilómetros al día; las sacas de las lentejas estaban a unos diez metros de la de las judías o “habichuelas” como se les decía a esas legumbres y otros tantos metros más de los garbanzos; las chacinas chorreaban grasas, tres estanterías más atrás y los enlatados en cajones de madera profundos, tanto, que habíamos que levantar los pies y apoyarnos en el vientre para atrapar los mismos.

Éramos tres Juanes en la empresa, por lo que a mí me decían, dado a mi juventud “Juanito”; a quien tenía diez años más que yo “Juan”, y a un “perote” o séase de Álora la bien cercada, un señor mayor con una gracia innata que no se podía aguantar uno junto a él, sin sonreír “Juanao”.

La “fachá” de este último era de lo más cómico: cabeza con sombrero en la nuca, vientre abultado lo que hacía enseñar un ombligo peludo, calzones (pantalones) sujetos en las escurridizas caderas milagrosamente y que al agacharse lucía por detrás parte de las posaderas con canal incluido, zapatones como si estuviera trabajando en el campo…

Si su indumentaria era especial, más lo era su conversación: los chistes se sucedían en los descansos para desayuno o merienda, y no había forma de estar serio ante su palabrería y gestos tan expresivos:           Le gustaba repetir algo que aprendí y aproximadamente era lo siguiente:

-“Ozté será lo que zea; mu finoli, mu educao, pero sin una lata, ozté no vale un pimiento; yo, con un güen traje, una güena camiza, unos güenos zapatos y una güena caltera llena de billetes verdes… a vé quién dice que yo zoy “Juanao er de Árola”.

Juanao tenía esa característica del hombre rudo, amable, sosegado, inocente, en tres palabras: un “hombre de bien”.

En cierta ocasión se realizan en Málaga, unas cuantas secuencias cinematográficas, para lo que solicitan extras; en aquél entonces, cuando se ganaba un sueldo de veintinueve cincuenta (29,50 Ptas.) decir que cada extra recibía cien pesetas diarias, era apuntarse rápidamente para ver si éramos elegidos.

Fueron muy pocos los que necesitaron y entre ellos nuestro Juan que lo vistieron con una indumentaria apropiada al hecho: desaliñado como siempre, le dice el director:

-A ver si me explico, Juan: tú vas a salir de este callejón y volver la esquina bien pegadito a ella…  Y ya tienes ganado tus veinte duros.

Mi inocente personaje realiza la fácil tarea que le habían encomendado, y…

- ¡Atención, se rueda… acción!

Echando el cuerpo hacia atrás como pavoneándose ante los cientos de curiosos que lo veíamos desde cierta distancia, y pensar que estaba saliendo en el cine, lentamente sale de la estrechez y no bien dobló la esquina, un tremendo puñetazo casi se estampó en su rostro haciéndolo rodar por el suelo, no solo por la fuerza del impacto que casi no le rozó, sino por el susto tremendo al ver ante él a un hombre de unos dos metros de alto (él tenía uno sesenta) y su rechoncho cuerpo rodó por unos segundos.

- ¡Toma perfecta, corten!...

Juanao, herida su dignidad y nada su rostro, se levantó hecho una fiera y esa boca profirió tal cantidad de improperios que no se podrían repetir.       Entre palabrota y palabrota, decía al director:

-¡Me cago en tó lo “cagable” en tos sus muertos, en tos sus vivos, en la leche que mamó!...¿Veinte duros por partirme la cara, cuando no ha habío “cojones” en er mundo pa enfrentarse a mí? - ¡Ni mi propio pare, ma puesto la mano ensima así que los veinte duros se los mete usté por el mismísimo culo y permita Dios que se le quemen toas las penículas que tié osté terminás…     Y una cosa le digo: “que como yo sarga en er cine, lo voy a denunciá pa que lo metan en la carce”.

Y con un gesto muy cinematográfico, como rey ofendido, tiró al suelo las cien pesetas con un aplauso cerrado de los mirones. 

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