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EL VERANO

EL VERANO

/Juan Moreau Tamayo

La estación del año que más añoro es el verano.       Ella hace propicios los recuerdos de mi época de vacaciones en una finca al norte de nuestro Término Municipal donde se funden los descomunales peñascos de la Sierra Jabalcuza, con la raquítica vegetación, y esta a su vez, con los bosques de pinos frondosos, la vegetación de monte bajo, y por último con las tierras de labor, secano o regadío.

Desde el altozano que conformaba la “era” realizada con piedras redondeadas, traídas de los pedregales del cercano río Guadalhorce, haciendo un perfecto caracol de enormes dimensiones, a los inquietos ojos de aquél niño (Hoy octogenario), ávido de aprender los secretos de la madre naturaleza, que se recreaba en la forma de trillar con las bestias que giraban y giraban sin cesar, contemplando también los trigales dorados cuyas espigas en sazón se abrían llenas de grano, esperando la mano del segador que con la hoz las cortara, para llevarlas hecha haces a ser trituradas, aventadas, ensacadas, y transportadas a los molinos, para conseguir el preciado alimento que a diario pedimos a Dios en la oración que Cristo. nos enseñó.

Era para el “mozalbete” una gozada ver los trigales movidos por una tenue brisa, formando interminables olas de un dorado claroscuro.                             Era fantástico contemplar los diferentes colores de cada una de las parcelas sembradas de otros cereales, tierras baldías, campos segados y el esplendor de los diferentes verdes del regadío.

En la paz y la calma, interrumpidas por el revoloteo de algún ave, el cantar de los grillos realizado por el frotamiento de los élitros, o el de la “chicharra” en las horas más calurosas del día, observando la cuadrilla de segadores que lentamente iban realizando su labor con maestría envidiable o, a lo lejos, un cazador con sus perros que buscaba infructuosamente sombra en donde resguardarse del Astro Rey que implacable dejaba caer sus ardientes rayos en la reseca tierra.

El chaval, se refugiaba en una choza hecha de cañaveras, con un botijo fresquísimo colgado de un travesaño, con los aperos de labranza y el trillo, plataforma de madera con ruedas estrelladas, dobladas en sus extremos, para no destrozar la cimentación de la era.

Juanito, que así se llamaba nuestro jovencito, guardaba celosamente, acompañado por algún adulto las mieses, bien pendientes de ser trilladas o ensacar como antedije, para distribuir en las diferentes fábricas de harina.

Al anochecer, gran algarabía de las aves llegaba a ellos, y que no cesaba hasta bien entrada la noche.

Ésta traía consigo otra serie de ruidos propios de ella; en general era más tranquila que el día y como se comprende menos calurosa.     La noche al raso tenía su encanto: las innumerables lucecitas de las luciérnagas, los ojos del búho, el claroscuro que formaban el paso de las nubes ante la luna, el fulgor de las estrellas en las noches oscuras, el croar de las ranas, el olor a sierra, a pinos, a sementera, a flores que parecían volver a estar en todo su esplendor en la oscuridad, el sabor exquisito de la sandía recién cortada en la orilla del río, o alguna otra fruta como el melón, higos chumbos, melocotones, nísperos, albaricoques…    llenaban al ser humano de felicidad; con esa felicidad propia de lo cotidiano, de lo insignificante de lo grandioso de la propia naturaleza llena de maravillas…

 

Ahora voy al campo: los cortijos son verdaderos “chalets”, agua corriente, luz eléctrica, comodidades sin fin.     Las bestias suplidas por tractores, los segadores por maquinarias, el agua de los botijos por otra más fresquita de los congeladores…

Pero lo que no ha cambiado es la grandeza del Universo; las tormentas de verano, las cementeras llenas de espigas, los frondosos pinares, las palomas torcaces, los insectos, la quietud de la noche con sus ruidos que se confunden con la civilización…      hacen de esta estación del año en el campo, algo tan sublime, que ningún literato enamorado de la naturaleza, ningún poeta, ningún soñador, sería capaz de definir jamás.

 

 

 

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