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¡ESTÁ VIVO, ESTÁ VIVO!

¡ESTÁ VIVO, ESTÁ VIVO!

/Juan Moreau Tamayo

Corría el año 1948; fue en un duelo; prácticamente toda la aldea acudía a la casa para cumplir con la familia del difunto.     Mi padre estaba de servicio, por lo que mi madre decidió llevarme para no ir sola, cosa que me gustó bastante por ser el primer velatorio al que asistía, a mis doce años.

 

Estábamos en pleno invierno, hacía mucho frío, la casa era muy pequeña y la gente se agolpaba en los pocos aposentos que tenía.     Dimos el correspondiente pésame a la viuda e hijos y buscamos sitio.     A mi madre le cedieron una silla en la sala-cocina, y a mí, me llevaron a la tétrica habitación en donde, sobre una humilde cama de hierro, cubierta con una sábana, descansaba el difunto, vestido con su mejor y quizás único traje.

 

Cuatro sillas ocupadas por sendos dolientes, todas mujeres enlutadas y entre ellas la pobre viuda, dos velones chisporreantes, un candil de aceite que no alumbraba apenas y un gran crucifijo, daban a la estancia un cariz de film de terror.

 

Me hacen sentar a los pies de la cama, con una “jindama” por mi parte imposible de describir; el corazón me latía con fuerza, sudaba a pesar del frío de la noche, y todo mi afán era acercarme más y más a los barrotes, para al menos guardar distancia.

 

De pronto lo más insólito (cada vez que lo recuerdo, y hace gran cantidad de años, se me pone la carne de gallina y los vellos de punta); el muerto, de repente, lanza un ¡¡¡Aaaaaaahhh!!! Que nos dejó, al menos a mí, despavoridos.

 

Yo, que me encontraba al final de la casa, fui el primero en llegar a la calle, saltando por encima de la gente que, aturdida, no sabía qué pasaba.

 

Mientras corría iba gritando:

“-¡Está vivo… está vivo!

Como si de fuego se tratara, en menos de un minuto todos los asistentes al duelo estaban en la calle, excepto la pobre viuda que, abrazada al difunto, lloraba desesperadamente, repitiendo: “Está vivo, está vivo”

 

Cuando al cabo de unas horas llegó el médico forense de una ciudad cercana, dio la versión de que al morir, el último suspiro fue hacia adentro, expulsándolo después, pero al tener la faringe contraída lanzo el ¡Ahhhhhhhh! que tanto miedo nos causó y tanta comidilla dio que hablar…  siendo publicado hasta en los periódicos.

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