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VIAJE ACCIDENTADO

VIAJE ACCIDENTADO

/Juan Moreau Tamayo

Una de mis hermanas, casada en Holanda con un holandés, muere trágicamente; ese mismo día volamos de Málaga a Ámsterdam otra hermana y yo; ella consiguió el pasaje de ida y vuelta sin cerrar el regreso y yo, en lista de espera, conseguí acoplarme en el vuelo, pero no juntos.

Pasados tres días de duelo en los que podíamos ver el cadáver en un tanatorio con un férreo horario, fue el entierro y tras él, una comilona o banquete ofrecido a los dolientes e invitados por la funeraria, en función de la cuantía de la póliza firmada con ellos.     En la exquisita comida, no faltaron los buenos vinos, cervezas a raudales, champán, licor y puro para los fumadores; sólo faltó la tarta para ser lo más parecido a una boda a la española.

Al ser temporada estival, no hubo forma de conseguir billete de vuelta en avión, por lo que mi regreso fue en tren.      Mi difunta hermana había dejado gran cantidad de ropa seminueva y sin estrenar, por lo que pensamos tras seleccionarla, llenar dos maletones que me endosaron a mi regreso a España en el medio de transporte que antedigo.

Mi cuñado me llevó en su automóvil a la estación de Ámsterdam de donde partía el “Transport Europa Exprés”, con destino París.      Tras abonar el exceso de equipaje, nos llegamos a la oficina de cambios en donde no encontramos francos franceses, ni pesetas… sólo gulden o escudos holandeses, y dólares, en ese momento.         A pie de la llegada de viajeros estaban varios mozos de equipaje con la intención de llevarnos al vagón y plazas que estaban asignadas; la encontré libre y así fue.    En el andén nos acompaña una azafata hasta nuestras plazas al verme tan nervioso me pregunta por qué lo estoy; me asegura que en Bruselas (Bélgica), pasaría un agente de banca por los compartimentos a realizar cambios de divisas a quienes como yo, lo necesitaran.      En la estación indicada, coincidiendo con el interventor que revisaba los billetes en tránsito por Bélgica, pasa por detrás de él con toda rapidez la persona en cuestión, con una cantinela que recuerdo perfectamente:           - “Madame et Monsieur, Damen und Herren; change, echange, Geldweschel”, (señoras y señores cambio de moneda) desapareciendo del compartimiento antes que yo consiguiera hablarle.

 

Llegamos a París; mozo, carrito y taxi; al entrar en él, el “chofer” pregunta:

-“¿A la Spagne?          -Oui- respondí.     Y empezó un gran periplo por la enorme ciudad dando grandes rodeos a sabiendas de la hora del tren a Madrid.   Yo, mirando a una y otra ventanilla, en silencio, solo interrumpido por el conductor de esa guisa:       - A droite, la Senne, a gouche. Notre Dame, voila la Tour Eiffel, les invalides…(a la derecha, el río Sena, a la izquierda, la Catedral de Nuestra señora, vea usted la Torre Eiffel, los inválidos)…

Al cabo de una hora larga llegamos a la estación Sur y…    - “Soisan franc”. Le entrego un billete de cincuenta gulden (escudos holandeses), que al taxista no le pareció ni chispa de bien y con muy malas pulgas me increpó: -Non, Monsieur, an franc francé.  (no, señor, en francos franceses), y yo con mi macarrónico francés repetía:      -Je ne pa, je ne pa… (no comprendo, no comprendo) …        - Alor, al pólice; - yo repetí, -Ce bien al pólice. (entonces a la policía, está bien, a la policía); veía que el tiempo pasaba y él gritaba como un energúmeno para nada, ya que yo no lo entendía ni poco ni mucho).       En la gendarmería de la propia estación, encontramos a un agente que hablaba correctamente nuestro idioma, consiguiendo que el taxista aceptara el billete extranjero y explicarle el cambio.     Como podréis comprender perdí bastante dinero en ello y el agente me acompañó a la oficina de cambios en donde estaba el irritado conductor que al ver la cantidad que le entregaron, sonreía de oreja a oreja, repitiéndome una y otra vez:  (gracias, muchas gracias).

 

El talgo París-Madrid, estaba compuesto por coches literas y coches camas; mi cuñado había reservado y adquirido una plaza en la antedicha litera y  me tocó en la de abajo.      Salida de la ciudad del amor a las siete de la tarde, llegada prevista a Madrid a las diez de la mañana del siguiente día.      Doy las buenas tardes a mi compañero de viaje y nos sentamos uno frente al otro sin hablar apenas.      Él observaba mi enlutado traje, yo, su costosa indumentaria que no sabía llevar; mi impresión fue el estar frente a un “cateto refinado”.      Una hora más tarde, el empleado ferroviario nos pregunta si extiende los asientos; asentimos y cada cual se acostó en su flamante cama, de inmaculadas sábanas y preciosos cobertores.

 

Pronto estuvimos en “Bordeaux San Jean”, (Burdeos) y a las doce de la noche en Irún en su estación francesa.      Mientras coche por coche iban ensanchando los ejes para adaptarlos al ancho de vía español, llega un gendarme que pregunta en nuestro idioma, primero a él y luego a mí, por el contenido del equipaje.      Mi acompañante con un acento andaluz--- cordobés castizo, responde:  - “ropa y regalos pa los chaveas”.

Yo estaba cansadísimo por llevar varias noches sin dormir bien, pero no pude pegar ojo, veía que mi conpañero no me quitaba la vista de encima y seguía tapándose, con las manos, cuando lo más fácil hubiera sido taparse con la ropa de cama. Varias veces le pedí que me escuchara. No hubo forma: - ¡To lo que usté tenga que decirme, no lo escucho; así que ya está to hablao!        El tren paró en una estación importante (Burgos); era media noche y Rafael (Fali), se fue al pasillo.      Mi paciencia tocó a su límite y mi hombría saltó como un resorte, Rafa, hablaba con otra persona del incidente, intervine en la conversación con bastante mala leche y tras el primer arrebato de rabia, pude aclarar a los presentes el mal entendido y fuimos a dormir tranquilamente, aunque tuve que aguantar los ronquidos desde las dos de la madrugada hasta las diez de la mañana que llegamos a Madrid.      El viaje desde la Capital de España hasta Córdoba lo hicimos juntos, quedando como muy buenos amigos; tienen un apartamento – estudio en Torrox Costa, nos vemos todos los veranos y nos reímos de lo lindo recordando el fatídico viaje.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

        

 

 

 

 

 

 

 

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