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LA DUCHA FRÍA

LA DUCHA FRÍA

/Juan Moreau Tamayo

Las visitas que se recibían en el internado donde yo estudiaba, se programaron por el centro, para los domingos y días de fiesta.   Mis padres no podían venir, precisamente esos días, por no existir tren de regreso hasta la estación férrea donde vivíamos; por ello mi madre llegaba cada lunes en el horario en que estudiamos clase de solfeo.

La primera semana el profesor me autorizó perder la clase y  darle un abrazo a mi madre, pero en las siguientes me respondió que si faltaba a su clase supiera que tenía un cero en esa asignatura.

Yo, a sabiendas del sacrificio que suponía para ella, venir semanalmente a traerme ropa limpia, llevar la usada para lavarla, plancharla, doblarla y el dolor que le produciría el no poderme ver, decidí, ayudado por algunos compañeros que me explicaban todo lo ocurrido en clase, no asistir a ella y estudiar en mi tiempo libre.   Esto en el régimen del internado era una falta leve por lo que no había represaría.

Mi profesor comentó con sus compañeros mi rebeldía y ese tiempo libre se redujo a la más mínima expresión, por las tareas extraescolares tan enormes que me obligaban hacer.

No tuve más remedio que ingeniármelas para llevarme el libro de solfeo al dormitorio y…    cuando todos dormían, con una luz tan tenue que tenía que cerrar fuertemente los ojos un buen rato y abrirlos en la semipenumbra, encerrado en una ducha, tarareaba una y otra vez las notas musicales muy en silencio, cosa imposible en el estudio de la música, y semana a semana me iba atrasando, aunque estuviera a diario un par de horas repitiendo machaconamente la lección de la semana en lugar tan inusual.

Una noche, cuando uno de los profesores daba una vuelta de inspección por los dormitorios, al llegar cerca de donde yo estaba, oyó un tenue ruido de pasar una hoja del cuaderno grandote y…   al no tener la ducha cerradura abrió la puerta, encontrándome petrificado, sudoroso y asustadísimo al pensar que saldría del colegio expulsado al día siguiente cuando el “profesor” lo dijera en dirección.

En un susurro me pregunta:                 

-¿Qué haces a estas horas?  Sinceramente respondí:

- Estudiando               -¡Acuéstate ahora mismo!

Al día siguiente, en las horas libres, me llamó a su clase; yo esperaba que estuviera con el Director para expulsarme y le expliqué mi versión del porqué estudiaba en la ducha con toda sinceridad.    Esto me salvó.

Desde aquél día, don Antonio fue mi ángel protector; me dio clases de música en la sala de profesores y cuando llegaron los exámenes, pidió al Tribunal Examinador, permitiera me presentara, aun teniendo un cero en todo el curso.

Me lo concedieron y…    una tras otras, todas las lecciones que me hicieron solfear, aunque con la voz entrecortada por el miedo, salieron de mi garganta a la perfección por lo que premiaron el esfuerzo con un sobresaliente y un aplauso cerrado.

Sin embargo, el Director castigó mi falta de disciplina dejándome los tres meses de verano sin vacaciones.   A don Antonio lo felicitaron por su buen hacer, pero lo separaron del grupo de los pequeños y lo destinaron en el mismo centro a los preuniversitarios.

-¡ Ah! Se me olvidaba; mis compañeros y el profe me metieron en una ducha, me colgaron al cuello una corona de laurel realizada con papel celofán, abrieron el grifo de agua fría vestido como estaba, saliendo de ella helado y como una sopa.

- Qué gamberros, ¿verdad? Pero me hicieron feliz y conocido por todos los alumnos y profesores.    

 

 

 

 

 

 

 

 

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