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¡AY, PEPE! ¡Ay, PEPE!

¡AY, PEPE! ¡Ay, PEPE!

/Juan Moreau Tamayo

En un pueblo de la sierra malagueña, vivían en la misma calle, dos primos hermanos muy bien avenidos.     Eduardo y José Miguel; el primero de ellos ahorrador, formal, educado, pero con un pequeño vicio: gastar parte de su jornal en comprar Lotería Nacional.     Todas las jugadas, adquiría un par de decimitos lo que le valió para que la “Diosa Fortuna” lo visitara, trayéndole un pellizco bastante sustancioso, un par de millones de pesetas, que en aquél momento era un dineral.

Eduardo invierte parte de ese premio en construir una “calera” con dos hornos y todos los adelantos que para tal clase de Industria existían en los difíciles años de la postguerra.     José Miguel era un “currante” nato; por lo que su primo pone al frente del negocio, donde estaban empleados veinte personas.

Dado a que Andalucía utiliza la cal para embellecimiento de fachadas y siendo, como eran habitantes de la ruta de “los pueblos blancos”, el negocio floreció en pocos días y no tenían materialmente tiempo para servir todos los pedidos de los clientes con puntualidad, aun trabajando día y noche.

Era un estrés continuo sobre todo para José Miguel, que veía como su primo se paseaba por el pueblo y los colindantes hecho un señorito, en tanto él trabajaba de sol a sol, siete días a la semana, las cuatro estaciones del año, llevando el peso de la Empresa en producción, personal, venta, reparaciones…   y sin ver ni una sola perrilla, aunque Eduardo decía que en los beneficios irían a medias.

Como ocurre en todos los órdenes de la vida en la que no existe diálogo ni equidad, un buen día, José Manuel se quedó en su casa, los obreros a la puerta del negocio pues no tenían llave de entrada, los pedidos sin servir, los que aportaban la tierra caliza con sus bestias cargadas, hasta que pasadas un par de horas, pensando estuviera enfermo, fueron a buscarlo, encontrándolo en el mejor bar de la villa tomando unas copitas y negándose ir a la “calera” por siempre jamás.

El primo Eduardo, entre tanto, estaba disfrutando de un crucero por el Mediterráneo, y a igual podría estar en El Cairo, Jerusalén, Atenas, Marsella o Barcelona o en sus aguas territoriales, con su numerosa prole.

 

La “calera” se cerró y todo acabó, además de una cantidad de familias sin trabajo, y unas maravillosas instalaciones abandonadas en donde, al cabo del tiempo se refugiaron en ellas un matrimonio compuesto por Vicenta y Pepe que taparon el orificio superior de cada uno de los hornos, que sirvieron de “dormitorio” y “cuerpo de casa” respectivamente.     La caseta destinada a oficinas, se transformó en cocina y el socavón de los desechos, en servicios.

Vivían como reyes, si los reyes, tuvieran que vivir en una calera: independientes, cómodos, para la escasez de viviendas de aquellos tiempos, sin pago de impuestos, alquiler, ni otras “zarandajas”…

Sólo enturbiaba la felicidad del susodicho matrimonio que no tenía hijos, el defecto de Vicenta, que en las noches silenciosas gritaba de placer si Pepe le daba un abrazo –creo que nos entendemos- le hacía una caricia, o le hablaba de amor en la oscuridad.

Cuando estaban acaramelados y sobre todo en “el séptimo cielo”, en el silencio de la noche, repito, se oían los suspiros y chillidos de la susodicha que repetía fuera de sí:

´”¡Ay, Pepe, Ay, Pepe!”…

A la mañana siguiente, los vecinos decían a la dama con socarronería:

-¡Vicenta, anoche!…

A lo que ella respondía con desparpajo:     - ¡Malditos demonios! ¿Y es que ustedes no lo hacen?

A lo que la mayoría de los aludidos respondía:  -¡ Sí, pero más bajito, más bajito!…

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