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¡A RETRATARSE TOCAN!

¡A RETRATARSE TOCAN!

/Juan Moreau Tamayo

En mi juventud se promulgó una ley que obligaba a todos los españoles mayores de dieciséis años, tener “carnet de identidad” individual, y para ello envían a todos los pueblos de la nación equipos policiales que rellenaban una serie de datos en diferentes documentos, tomaban huellas dactilares que la población recelosa, sobre todo la gente mayor, pensaba si al estar fichado por la policía, ésta pudiera confundirlos con delincuentes, cosa que en aquellos años aterraba a todos.     Exigían, tres fotografías pequeñas, y para ello los acompañaban un grupo de fotógrafos y por el método del fotomatón, en poco menos de dos horas, por el módico precio de un duro (cinco pesetas), entregaban cinco fotos a la persona necesitada de sus servicios, que en realidad éramos todos.

Cada uno de los Ayuntamientos realizaba bandos en los que advertían a sus convecinos la obligatoriedad de poseerlos, con la amenaza de multas cuantiosas, si por alguna autoridad les eran reclamados, teniendo que desplazarse a la capital de su provincia- en este caso Málaga- a realizarlos posteriormente con un pequeño recargo.

A la aldea donde habitábamos, tres días antes de llegar los equipos policiales, llegaron unos “retratistas” que, por la cantidad de cuatro pesetas, además de esa cantidad de fotografías, regalaban una de cuerpo entero, de un tamaño bastante mayor que las reglamentarias y que exhibían a ambos lados de la cámara oscura, caja cuadrada que de su cajón salía un manguito para que no se velaran las fotos… trípode y flash.

Nos extrañó el poco tiempo empleado en fotografiar a la población, incluyendo autoridades, por aquello de no tener que perder el tiempo en las interminables colas que formaban ante los profesionales que acompañaban a los agentes, y también lo rápido que se marcharon del pueblo en un Seat 600, con la promesa firme de regresar al día siguiente.

Eran, según sus palabras, gente seria; presentaron al alcalde pedáneo una especie de carnet con la autorización de no sé qué autoridad provincial avalándolos y dieron un sinfín de explicaciones quien los despidió hasta el día siguiente dándole la mano efusivamente.

A cada uno de los fotografiados entregaron una factura con membrete y todo, realizadas a imprenta, cobrando la mitad del importe convenido (diez reales), -dos cincuenta pesetas- dejando el resto para el momento de la entrega de las correspondientes fotografías.

Y ocurrió lo que nadie esperaba: pasaron las veinticuatro horas, otras veinticuatro y nuestros fotógrafos no aparecieron.    Se dio parte a la Guardia Civil y a los equipos policiales que nos visitaron al día siguiente; alguien se desplazó a Málaga, pregunta a los transeúntes por la calle que figuraba en el membrete y nadie supo responder si existía cerca un estudio fotográfico, comprobando con estupor que la numeración de la misma llegaba al 50 y la que figuraba en la factura era el número sesenta y cinco.

Resumiendo: cada uno de los que nos acercamos a ser fotografiados perdimos nuestras 2,50 Ptas. cantidad no muy grande ni muy pequeña en los tiempos que nos tocó vivir, además de las cinco pesetas que se les tuvo que dar a los verdaderos profesionales que nos entregaron los “retratos” a las dos horas largas, volviendo a la cola esta vez a realizar el consabido DNI. Pronto cogieron a la banda con un par de miles de duros que habían birlado en otro pueblo, pero lo nuestro lo perdimos como perdimos a nuestra abuela.

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