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-Esto ha “sío” una salva al “Resucitao”; -¡Cómo no tenemos cohetes!...

-Esto ha “sío” una salva al “Resucitao”; -¡Cómo no tenemos cohetes!...

/Juan Moreau Tamayo

En una pequeña aldea de la provincia de Málaga, metida de lleno en la Cordillera Penibética, sabíamos que era Semana Santa porque en esos días no se comía carne si no era con una autorización eclesial denominada “bula”; los potajes de pascua estaban en casi en todas las mesas, los niños no íbamos a la escuela…   pero no había tan siquiera una función religiosa, porque el cura párroco, teniendo tres pueblos que atender de mayor número de habitantes todos ellos, los Santos Oficios, lógicamente, los celebraba en ellos.

 

Llegó el “Domingo de Resurrección” y un seminarista, -estudiante para ser sacerdote- que estaba de permiso en su casa por motivo de la festividad religiosa, pensó que habría de hacer algo para que los vecinos supieran que Jesucristo había resucitado, según las creencias de la españolísima fe del pueblo, y que la Iglesia lo celebraba con júbilo ese día.

 

Al no tener llave de la ermita, se las valió de forma (con una escalera de mano, supongo), de subir a la azotea de la misma, de allí al campanario y llegado al mismo, empezó a repicar fuertemente y con rapidez las dos campanas que no tocaban así desde que hubo un gran incendio en la sierra, y alguien avisó así a la población del peligro inminente.

 

Hasta ahí sin comentarios; éstos surgieron porque un guarda forestal que se acababa de levantar de la cama, salió de estampida de su casa, sacó la pistola, apuntó hacia arriba, y disparó hasta dejar el cargador vacío.

 

La gente corrió a preguntar lo ocurrido y una vez llegado al lugar donde se encontraba “El guardamonte”, éste con parsimonia aclara:

-Esto ha “sío” una salva al “Resucitao”; -¡ Cómo no tenemos cohetes!...

 

 

 

 

 

 

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