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LAS CASAS DANESAS XXVI (FIN)

LAS CASAS DANESAS XXVI     (FIN)

/Juan Moreau Tamayo

Con cara de desesperación, mi “colega” no se alegró de la noticia; sólo con el equipaje de mano embarcamos, por cierto que desde que salimos de Londres la tripulación hablaba nuestro idioma; el “cateto” se preocupó por nuestras maletas y preguntó a la auxiliar de vuelo que donde se encontraban a lo que le respondió como antedigo, “en la bodega” ¡-Oiga, señorita a ver si el piloto la visita y se emborracha y vamos “tos pa” abajo sin er paracaídas puesto! Lo dijo en serio pero la auxiliar de vuelo lo tomó como chiste y comentó: ¡¡estos andaluces…!!

El tiempo que perdimos en Madrid fue de minutos que se nos hicieron interminables, pero al volver la azafata a repetir las obligaciones de los pasajeros en caso de emergencia, fue cuando vi que estaba sonriendo y satisfecho por llegar pronto a nuestra patria chica.

Yo pensé entonces, que nuestros problemas habían terminado, pero no fue así; al llegar al aparcamiento nos encontramos que el coche no estaba donde lo dejamos y para qué contar: las voces y los improperios que salían de aquella boca…  se encaró con el encargado del mismo.

Sin dejarlo ni hablar, por incompetente y otros muchos adjetivos nada agradables al empleado de la seguridad del aparcamiento, pudo responder que el tique era para una semana y que desde las doce de la noche se consideraba ausente el propietario del vehículo, hasta que no abonara las horas que debía, no se entregaría a su dueño o a quien lo representara.

Nuevos gritos y nuevo escándalo: uno solicitaba su documentación, el otro su coche y entre tanto, ya eran las doce de la mañana por lo que yo, a otro empleado le aboné la diferencia sin que me viera José Luis, se le quitó a la rueda el cepo que le habían puesto y…  a correr directos a Loja.

Por fin él estaba al final de su viaje, pero yo, tengo que coger el tren correo que circulaba Granada-Bobadilla y cambiando de tren, a Málaga.

Por suerte, al llegar a la estación de autobuses, el directo a Nerja estaba a punto de salir y lo cogí por segundos y en Torrox-Costa, un taxi hasta mi domicilio.

Al lunes siguiente de haber llegado del viaje, nos anuncian desde el puerto que había llegado al mismo un envío internacional y que habría que transferir dos millones de pesetas para retirarlo a parte de las autorizaciones correspondientes e inscribirlo en el Ministerio de Hacienda.

Los socios, claudicaron y se disolvió la Empresa, no sin antes llevar los contenedores a Archidona en un viaje nocturno puesto que el tamaño de los mismos estaba fuera de lo común para nuestras carreteras y autovías. El envío tardó dos noches en llegar a su destino escoltado por dos parejas de la Guardia Civil, una delante del convoy, y la otra detrás, con las luces encendidas y una serie de requisitos anexos.

Nosotros, los que estuvimos en los países citados y los socios que no estuvieron, continuamos al pie del cañón hasta su destino; dormimos de día y nos incorporábamos a la expedición de noche, para vigilar que todo el trayecto estuviera en orden.

Y por último, una noticia agradable; abonaron mi sueldo como intérprete con una cantidad muy satisfactoria para mí, y que sin lugar a dudas, se acercaba al sueldo que tenía mensualmente de mi firma.  Luego, mi primo y yo, fuimos al aeropuerto a esperar a dos especialistas en construcción que en tres días nos tenían la casa habitable.

Luego, como es costumbre nacional, en lo más alto del tejado pusimos una bandera y con los familiares de todos y cada uno de los socios y yo inauguramos el chalet derramando champan, chuches para los críos aparte de bebidas propias para la niñez, y una barbacoa para todos.

Pronto le salieron pretendientes al chalet, y una vez preguntado el precio, daban un respingo y hacían el lobo, sólo costaba cuatro millones que no era rentable ni a los socios mismos; para sacarle algún provecho, eran: uno el coste de la vivienda desde Dinamarca a Málaga, dos más, impuestos y normativas del Estado Español; y otro de beneficios de la supuesta venta.  Por fin, uno de los socios citados se quedó con el inmueble abonando el resto a los demás socios.

Por último, las despedidas en donde hubo lágrimas, risas y añoranzas… en fin, lo propio del momento.

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

  

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