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LA LOCOMOTORA

LA LOCOMOTORA

/Juan Moreau Tamayo

En el momento en que mi maquinista accionó la palanca y de mi caldera salió el vapor suficiente para que lentamente me pusiera en movimiento, me di cuenta que estábamos a unos días de la Semana Santa malagueña.

La composición del tren que arrastraba se había incrementado y tuve que emplear todas mis fuerzas para arrastrar el convoy a la salida de esta capital.     Pronto, el trotecillo se convirtió en una verdadera carrera.  En los años cincuenta, yo estaba nueva; mis hierros relucían como una patena que el fogonero no dejaba de limpiar el tiempo que tenía libre, o un cuarto de hora antes de la partida.     Con el paso de los años, se descuidaron de mí; solo en los días de descanso, que dicho sea de paso eran los menos, me dejaban en talleres y me reparaban los desperfectos que encontraban.   También mi potencia iba mermando; al principio no había tren que se me resistiera y lo mismo me enganchaban al expreso, al pescadero (que no paraba más que en determinadas estaciones y que llevaba una marcha trepidante para llegar a tiempo a Madrid, donde se vendían a diario), o a los trenes rápidos que de ello sólo tenían el nombre.

Al llegar a la cerrada curva de la estación de “Los Prados”, pude comprobar del porqué me pesaba el tren más de lo usual; la composición del mismo era larga, larga…   pues habían añadido cinco coches a los habituales.   Los llanos de “Cártama” me hicieron por un momento olvidarme de ello y empecé a contemplar el paisaje; los almendros en flor, daban con su blancura belleza al campo; la hierba verde a sus pies haciendo una alfombra tupida, algún que otro olivo, castaño, encina, amén de los cactus que bordeaban mi camino, habían cambiado la aridez propia del invierno, denotando que la vida empezaba de nuevo para ellos, llena de lozanía y belleza.

Los hombres y mujeres, que se creen reyes del mundo, piensan que una máquina, un amasijo de hierros, colocados en series, no tiene sentimientos; los extraños al ferrocarril solo ven en mí un medio de transporte seguro; los de casa, un número para determinar mi potencia y otro, para identificarme entre las demás de las locomotoras…  mis gemelas.

Mi caldera, en plena marcha, estaba al máximo de su potencia y el fogonero seguía avivando el fuego con el carbón del “tender” para que arremetiera con fuerzas las cuestas que nos separaban del llano, una vez salvada la Cordillera Penibética, imponente y majestuosa que se divisaba a lo lejos.

Bordeando el río Guadalhorce, seguíamos avanzando con un trotecillo pegadizo que formaban los rieles, para nosotros carriles, en sus juntas de dilatación.      Al cabo de tres cuartos de hora nos encontrábamos en “Álora”; allí me esperaba una agradable sorpresa; en la vía segunda, esperaba una compañera que pusieron al final, para dar la “doble tracción por cola”, y continuamos viaje con el alma, pobre alma de hierro, henchida de gozo al saber que las pendientes que me separaban de la estación de “Bobadilla”, las compartiría, repartiendo el peso del convoy.

Lancé un silbido largo con mi atiplada voz de vapor, a lo que a lo lejos contestaron con uno corto y un suave empujón hizo comprender a mi querido maquinista que tenía que abrir el regulador de marcha y tirar con fuerza y a unísono.   La cuesta de “Las Mellizas”, los túneles entre ésta y “Gobantes”, el caminar muy lento, me hicieron nuevamente contemplar el paisaje: tierras de secano, con un verdor incipiente, presagiaban una buena cosecha de trigo, cebada, avena…  a lo lejos, en lo profundo, el cauce del río Guadalhorce serpenteaba, y a sus orillas, juncos y jaramagos le hacían camino.

Habíamos pasado las estaciones de Cártama en cuyo pueblo, en la sierra, se encuentra el “Santuario de la Virgen de los remedios; “Pizarra”, con su ermita en la cúspide del monte; “Álora”, llena de cuestas en donde se encuentra el cementerio más alto de Andalucía, ubicado en un castillo árabe…    todas ellas en el frondoso valle del Guadalhorce, semillero de cítricos, con maravillosos limoneros, mandarinos y naranjales…

Pronto estuvimos en el primer túnel y se fueron sucediendo hasta encontrarnos en “El Chorro”, rico en agua, encima de grandes acantilados, y en donde la mitad del tren quedaba dentro de uno de ellos, por lo que los viajeros con destinos a la misma estación, ocupaban los coches de cabeza del tren; la máquina, de vapor se alimentaba en esa estación llenando el “tender” o depósito de agua, y en plena cuesta, tenía que esforzarme en silbar lo más fuerte y alargado posible, para que me oyeran desde la otra máquina que dentro del túnel se limitaba a empujar con toda su potencia y así ponernos en movimiento a afrontar el túnel más temido por los humanos y máquinas en toda la  red ferroviaria, como era el “Viaducto” con curva, recurva y contra curva, estrecho y peligroso; la composición hacía gemir sus ruedas en los carriles por ser éstos muy curvados (y valga la redundancia) y al final tras unos interminables minutos salíamos de él.

Entonces nos encontrábamos en uno de los paisajes más abruptos y maravillosos de la línea férrea con el Camino del Rey obra de ingeniería construida por don Rafael Benjumea, conde del Guadalhorce, consistente en traviesas de hierro incrustada en la roca en forma de repisa, en donde unas planchas de cemento hacían el camino con sólidas barandillas y que servían a los empleados de la Empresa Eléctrica, revisar el canal de agua que discurría bajo o junto al caminito.

El calor que yo despedía con el fuego a toda potencia, el humo denso que la combustión del carbón me hacía despedir era insoportable sobre todo para los humanos que deseaban terminar el suplicio lo antes posible.  Pronto estuvimos en “Gobantes”; y un silbido de alivio se me escapó al divisar el disco de entrada a la estación.   Un mozo de estación desenganchó la máquina de cola que hasta un determinado punto kilométrico seguiría empujando; partimos de esta última estación; llegamos al lugar en que las cuestas arriba desaparecen; el tren incrementa su velocidad, momento en que eufórica lancé dos largos silbidos dando las gracias a mi sufrida compañera, que regresó rápidamente a la última estación y yo, con el largo tren que me seguía, rauda como el viento, bajaba las pequeñas rampas que me conducían a la estación de “Bobadilla” en donde me esperaba un merecido descanso.

El maquinista, hombre responsable, no había dejado un solo minuto de mirar a la vía, lo que nos daba un cien por cien de seguridad, bienestar y confianza.  

 

 

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