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Casas danesas XVI

Casas danesas XVI

/Juan Moreau Tamayo                     

Nos esperaba una gran sorpresa; nos indicaron que, aunque no estuviéramos en los meses de marzo o septiembre, podíamos vislumbrar la célebre “AURORA BOREAL”.

Subimos a uno de los edificios que utilizaban los guardianes del bosque, las veinticuatro horas del día, por una escalera de caracol de ciento veinte peldaños, y esperamos pacientemente el momento antes de amanecer: ¡fue algo magnífico, único e inolvidable!

Me remito a las definiciones de la misma:

“Aurora boreal” Luz sonrosada que precede inmediatamente a la salida del Sol; sus colores son muy diversos, su límite inferior suele estar a unos 100 Km. Y el superior entre los 120 y 200, aunque a veces llega a los 1000 Km., sus formas varían mucho: de arco, en cortina, como una nube” … 

Al no encontrarnos en los meses que comenté, ese espejismo duró unos minutos aparte de no encontrarnos en Islandia que está mucho más cerca del Polo Norte en donde su visibilidad es perfecta; su capital, Reikiavik, tiene además nieves perpetuas.

A José Luis no le llamó demasiado la atención y como siempre criticó:

“-Y pa ve un arcoíri gigante y mu azulao habemos tenío que subí tantos escalone… Estamos locos o qué; lo mejón que debíamo jasé es una fotografía pa chuleá; manque no se ve to los días está mu rechulo”.

Aunque no entendieron lo que decía su huésped, uno de los hijos, el mayor, comentó que sería que les estaríamos dando las gracias por su hospitalidad.

La señora intérprete o “Lucifé” según José Luis el “cateto”, se alegró bastante de haberse formalizado el contrato y más aún, cuando se le entregó un cheque nominativo con un cinco por ciento de la totalidad.

Luego la despedida: yo, antes de partir me puse en contacto con el pequeño de los hijos del matrimonio y me acompañó a buscar algunos regalos para su familia por la acogida que nos dispensaron ofreciéndonos su casa, lógicamente esos regalos los abonaba la Empresa española.

Yo quedé como un rey; pensaron eran de los dos y consistían:   A la madre, la señora Kampmann un precioso ramo de flores traído de Holanda; al esposo, una pipa de madera tallada a mano que era una verdadera preciosidad; al mayor de los hijos unos esquís para patinar en la nieve, y al pequeño una bicicleta de montaña.

 

 

 

 

 

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