Menu

LAS CASAS DANESAS IV

LAS CASAS DANESAS   IV

/Juan Moreau Tamayo

Nuestra intérprete, como antes mencioné, igual que todo hijo de vecino, en este caso hija, tenía sus defectos y virtudes; los defectos eran físicos… las virtudes intelectuales: dominaba cuatro idiomas, danés, alemán, italiano y español, con una perfección digna de elogio.    La conocimos en la colonia alemana que, temiéndole al frío invernal de Dinamarca, con los ahorrillos de parte de su vida, compró, a una empresa en donde yo trabajaba, un estudio en un bloque de pisos cerca de la playa.

Dado a sus conocimientos de idiomas y su carácter extrovertido, “Lucifé” engatusó a bastantes compatriotas que también compraron inmuebles y que además se embolsaba un diez por ciento del total de la compra.

Pero sigamos con nuestra historia; una bellísima azafata, danesa, pero hablando español a la perfección nos acompaña a nuestros respectivos asientos y, José Luis rebusca en el respaldo del suyo, el cinturón de seguridad de su hombro, y al no encontrarlo, comienza a reñir a la azafata que busca y coloca en su vientre el que está homologado en todas las líneas aéreas.  Por mucho que la chica y yo intentábamos dar una explicación del funcionamiento de tal medida, él empezó a gritar con el disgusto de los demás viajeros que sin salir del aeropuerto de Málaga tenían que aguantar tal comportamiento.

Entre tanto, la chica que nos atendió, sí, esa la “preciosiá” comenzó a repetir las órdenes de vuelo, subiendo los brazos, enseñando el funcionamiento de los elementos salvavidas, él seguía gritando y repitiendo:

“Na” de esta no “salimo” si lo llego a “sabe” me voy en mi coche.

La cosa se arregló porque el sobrecargo comentó:

-Señor, si vuelve a proferir una palabra más, tendrá que apearse del avión y perder el vuelo ateniéndose a las consecuencias.

 - El “cateto” no chistó más en todo el viaje. Y todavía teníamos tres horas de vuelo y él no lo sabía.

En ese momento las puertas se cerraron y empieza la aceleración del mismo con la suficiente fuerza que utilizan para el despegue; según iba acelerando nuestro buen amigo iba cambiando de color; primero pálido con una palidez que se convertía en lividez, luego, desde el principio de pista hasta el despegue, rojo cual amapola y al momento del despegue, con la cara desencajada.  Se cogió de mi brazo y hasta que nos anunciaron que en breves minutos hacíamos escala en el aeropuerto de Barajas estuvo con los ojos cerrados y cuando la azafata comentó que en Madrid teníamos diez minutos para el tránsito de viajeros, nuestro compañero de viaje fue el primero que quiso salir del avión cosa que no logró por la falta de tiempo en los transbordos.   

 

 

   

volver arriba