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LOCOS DE ATAR

LOCOS DE ATAR

/Juan Moreau Tamayo

          Aunque algunos digan lo contrario, el primer bebé que llega a una casa, es tratado por sus novatos padres con más que cuidado, miedo, sobre todo en los primeros meses de vida; por ejemplo:

          “¡-Ten cuidado que la cabecita la tiene todavía muy tierna, no le vallas a hacer daño!”

          “¿- No te parece que el niño no respira bien?  La caquita la tiene muy fea. ¿Porqué no llamas al pediatra?”

          Y así cada una de las horas del día y la noche;  si llora un poquito más de lo normal, simplemente porque tiene hambre, ya está sentenciando el padre:

          “¡- A este niño le duele la barriguita, métele por el culito un papelillo liado con aceite, quizás esté estreñido!”

En casa de una pareja de  “primerizos” en una urbanización de Alhaurín de la Torre, llega el primogénito y lógicamente empiezan las preocupaciones por su salud y bienestar.  Sólo con dieciocho días de vida lo encuentran lloroso y febril por lo que deciden llevarlo al Centro de Salud para que fuera reconocido por su pediatra, médico de cabecera, o si se terciara por el mismo director médico del Centro;  lo reconoce el médico de familia, quien lo ausculta, le receta unas gotitas de un medicamento que combate el catarro, sin importancia según él, pero que sirve para soliviantar a los padres cuando los despide,  diciendo:

          “-Todo está en la más absoluta normalidad, sólo un pequeño constipado; si mañana le notáis algunos síntomas de empeoramiento lo traéis al pediatra de urgencias”.

          Luego de llegar a casa las dudas de los padres:

          “–Parece que está peor; creo que no lo ha auscultado bien,  ¿No notas lo mal que respira?”

“-Yo creo que en vez de darle las gotitas debemos llamar al pediatra, porque el médico de cabecera no sabe nada de las enfermedades de los niños”

Así lo hacen;  laman al Hospital Clínico Universitario, les cuentan el caso y les responden que la Seguridad Social no tiene servicio de especialistas a domicilio, que esperen al día siguiente y lo lleven a su pediatra, o bien, lo trasladen al Hospital para ser atendido.

La esposa, una vez dejado el teléfono arguye:

“¡–Con lo grave que está nuestro  bebé, yo no lo pongo en carretera; vamos a llamar a un pediatra particular y que venga urgentemente”

“¡-Pero mujer!, - responde el marido - ¡Es que nos va a costar un pastón!”

“-Cueste lo que nos cueste, tiene que venir”

Empieza el calvario telefónico buscando especialistas en las páginas amarillas de telefónica, recibiendo en todos los casos un no por respuesta.  Por fin encuentran uno que se presta a realizar la consulta domiciliaria; veinte minutos más tarde un pediatra de origen marroquí, llegado de Málaga, se presenta en la vivienda. La mujer le explica:

“–Hemos estado en el médico de cabecera, pero como creemos que ha empeorado y él nos dejó dicho que llamáramos al Psiquiatra, lo hemos hecho.”

“–Signora, ¿Está usted loca? No soy el médico de los locos, el psiquiatra, sino el médico de los niños, el pediatra”

“–Bueno, en todo caso es lo mismo yo quiero que vea a mi hijo que está muy grave”

El hombre lo examina, ausculta, y lo encuentra, como el otro doctor, con algo sin importancia pues no la tenía en realidad; vuelve a mandarle precisamente las mismas gotitas que aquél y una vez cobrado desplazamiento y costosos honorarios, se despidió con recelo, ya que los padres de la criatura, nerviosos, lo miraban expectantes, con los ojos muy abiertos, lo que hacía al pobre doctor mirarlos con cierto temor.

 

No pasada una semana, la hermana de ella los visita con su hijo; un mozalbete de dieciocho años, de un metro noventa de estatura, fuerte como un roble y con un peso de cien kilogramos.

Sale con los amigos de la urbanización  a jugar un partido de fútbol, se tuerce un tobillo por lo que no podía dar un paso.  Al no tener vehículo en casa, llaman al médico de Urgencias  y al dar los datos del enfermo en vez de decir dieciocho años, la despistada mujer dice que tiene dieciocho meses por lo que el servicio de urgencias de nuestra Villa, envía nuevamente al árabe que tenía guardia en pediatría.

Al llegar pregunta:

“¿-Dónde está el bebé?”

“¿Bebé?, no señor, el niño tiene algo más de edad. Pase, pase, está ahí”.

“–Pero signora, tú decir por teléfono estar enfermo un niño pequenio; yo me vuelvo majara, estáis locos de remate; el otro día yo, según ustedes, Psiquiatra, hoy me llaman para ver a un bebé y encontro un hombre forte, grande, pesado, tú estás loca de remate, tú estás majara”…

Ella al comprobar la metedura de pata le dio por reír por lo que el pobre doctor se puso de una mala uva impresionante.

“¡- Oiga!, yo seré extranjero pero no jilipollas! ¡Así, llamas a urgencias para ver a un pequeñito, que es grande y ¿encima te vas a reír? Pues eso se acabó… te ríes de tu p… madre, ¿Comprendes? ¡Y al bebé éste lo va a vesitar el veterinario, porque yo me voy de esta casa que están locos de atar! ¡Extranjero pero no jilipollas!...

Y salió renegando y repitiendo ¡- p… madre, p… madre!… y una retahíla de palabras árabes, que nada buenas tenían que ser por lo cabreado que estaba.

Al subirse al coche comentó al conductor:  

¡- En el manicomio hay pacientes más cuerdos que estos;  El otro día bebé  dieciocho días llaman a Psiquiatría; hoy hombre forte Pediatría!         ¡Menos mal, -bromeó- que no cabe en cuna, si no, lo hubieran metido en incubadora!  

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