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De "La tumba de Keats" 1999 (fragmentos)

De "La tumba de Keats" 1999  (fragmentos)

 Juan Carlos Mestre

No me arrepiento de nada ni de nadie, la vida es un monólogo

entre la índole extinguida de una estrella y la natural semilla.
Mi alma crece silenciosa hacia un lugar incierto,
allí las fieras luctuosas, allí el sicario gótico y el infortunio ciego.
Brota el arco iris de los cálices que sostuvo Homero,
le brota su cuerno al fauno, el eco al precipicio, su luz al cielo.
Ésta es la frontera de mi vida, ésta la hora izquierda
exacta en el destino del corazón de un prófugo.
Yo iré donde tú vayas vida esquiva, en tempestad, de noche,
junto al fugitivo cazador de las lagunas, con el presidiario absuelto,
yo cruzaré los médanos con lumbre, yo abrasaré los remolinos ciegos.
He sido parcial con los vencidos, seguiré siendo parcial ante los muertos.
Recuerdo de mi infancia tres peligros,
recuerdo el mal, los ojos sin pretexto del maldito,
recuerdo el aire que había en las palabras,
recuerdo un sueño, su prodigio, recuerdo el asno blanco del lechero.
He vagado por ahí, irrevocable, alegre, desmedido,
he ofendido con voluntad a los jerarcas
y al atónito perpetuo en su torre de herrumbre.
Salgo de un lugar y voy a otro, me inspiran compasión las jaulas.
No soy distinto al péndulo en la cueva ni al nadador vendado,
mi mayor habilidad es la pereza de encontrarme con otros a menudo.
De lo mismo que me acusan yo me acuso, jamás mis amuletos me abandonan.
Siento ante la noche una curiosidad equívoca,
tengo ante lo súbito un poder magnético.
Hay un pretérito espectro que no olvido,
hay un rumor lejano del infierno,
hay un enigma hebreo junto al mito.
Mi cuadrilla es inhábil para todo, nada sabe.
Tengo un secreto según la estación del año,
un invariable encargo desde el primer aliento.
Me contradigo siempre, la certeza es la sombra de un delito.
De vez en cuando me asocio con proscritos,
encuentro a mi amigo en la revuelta, me hospedo en un lugar impenetrable.
Sé que existe en la belleza el bosque iluminado y la mujer mágica.
He oído la música del próspero océano y la ligera lluvia sobre el tambor de ébano,
he oído el tímpano y el arpa en las catedrales fúnebres,
la esquila del leproso y la irrevocable campana del jurista.
No he aprendido a sufrir, toda severidad es inhumana.
Yo era, yo fui lo que las manos de un padre ante la generación exhausta,
el encomendado a la mudez, el imprudente ileso.
Cada visión del hombre es una idea nueva que visita el mundo,
el silbato con que un cartero festeja la imitación de Dios.
La imaginación es una vivienda donde los herejes hacen ruido con el Apocalipsis,
la imaginación es insalubre para las lápidas y el asiento de los agónicos,
la imaginación hizo resucitar a Jesús al tercer día,
la imaginación es un túnel de tierra de colores ante los ojos del topo,
yo he visto el mundo real de la imaginación sobre la memoria de los errores,
yo he visto al turbulento y a su ferviente amiga salvados por la imaginación,
porque el cínico no ha ido al infierno gracias a la imaginación
y el infame no ha entrado en el deshonor de su propia verdad
                    gracias a la imaginación.
Yo me revelo contigo en la imaginación como el silencio en una amante inédita,
la conjetura indaga su resoplido entre la ruina, el árbol aborrece los valles,
ningún cautiverio dura eternamente en la brevedad de los labios de Horacio,
ninguna ciencia de rabinos descubrirá la amistad entre la poesía y el cielo,
los nómades no tienen campamento sino en la periferia donde algo amenaza,
Dante no tuvo campamento en los infalibles círculos,
yo tengo un aposento bajo el sombrero de paja y una estera de marfil
                    en el asilo de las nubes.
Mi nombre no dice nada a quienes me rodean, voluntariamente combato sus síntomas.
Concibo la memoria como el oficio de devolver a las aldeas su soberanía.
Algunas veces la juventud es una pasión enferma que ha huido del séquito,
su vanidad decora el orgullo como las sombras una caverna.
Todo lo inverosímil representa una verdad para alguien,
el unicornio es inverosímil, el ángel es inverosímil, la raya del horizonte
                   es inverosímil.
Lo imposible es indulgente con la maravilla,
llamo maravilla al pez de obsidiana y al vértigo de otro abismo
                   desde los puentes de mimbre.
La pesadumbre escolta los intentos como el desencanto la orfandad del logro.
El riesgo vive en el semblante de los supersticiosos, el crepúsculo tiene
                    las manos atadas.
El progenitor del artista es un mensajero que trae recados de la oscuridad.
En la provincia de las fábulas hay fábricas de pórfido para el ataúd de las estatuas.
Lo contrario al fallecimiento es una sonrisa inesperada, lo contrario al glaciar
                    la belleza del fuego.
Todo lo inmortal admite el mediodía, el girasol hace alianza con los páramos resecos.
El límite del hombre, el límite de la velocidad del pensamiento.
No han sido escritas estas palabras para el conocimiento de la razón
y no porque esa necesidad de conocer el sabor de los ruidos semánticos
no asista Como un deber al hombre y sea enfermedad de su inteligencia,
pero el que entra en una tumba blanca y prueba el blanco y duerme sobre el blanco
no debería ya manchar con otra elección el lugar de lo sagrado.
Yo he entrado en una tumba blanca y he comido en ella carne brillante de pez,
he bebido agua de cal como otros beben agua de Dios mezclada con lluvia,
Ya esa tumba la he llamado casa y he cerrado la puerta y me he quedado a vivir en ella.
Cuando llamó el lúcido le pregunté a qué venía, vengo para saber, eso dijo.
Cuando llegó el cobarde entró también el desconocido, traían aceite para las lámparas.
Nadie me ha ayudado a equivocarme, yo mismo he abolido mis derechos.


* * * * * *

En la vida de un hombre siempre hay una mañana para la calamidad,
una mañana regida por las multiplicaciones del símbolo y la idolatría órfica
                     de la perduración.
En la vida de un hombre hay almacenes llenos de objetos y maderas con insectos,
hay tensos mundos artificiales y canales por los que discurre la sangre hasta los vasos,
hay fósforo y sonido del delirio del fósforo,
la respiración de un tigre y la mano del desobediente cortada,
hay calor entre un semejante y otro y hay destrucción
porque existe en ellos la proximidad y el imán que la ahuyenta.
En la vida de un hombre hay zapatos usados por un padre,
hay profusas noches que luego nos darán temor, hay cuerpos de adivina,
cuerpos por primera vez, espantosos labios con rencor, la voz que nos conoce
y se queda ahí mirándonos como una res moribunda en el estanque helado.
En la vida de un hombre lo que tiene importancia y lo que no tiene importancia,
lo que se resiste a desaparecer, la aparición de una ciudad, el cansancio de los viajeros,
lo que favorece la ambición y 10 que elogia la idea de abstenerse,
la duda moral de una vida solitaria, el descargo de multiplicarse en otros.

 
* * * * * *

Nada de lo conocido, nada de ningún esplendor venidero
es comparable al paratruenos del cardenal moribundo,
ni la aguja de los jeroglíficos ni el diosecillo de oro en el follaje de pórfido,
ninguna ausencia es aquí más inalterable que esta ruina del paraíso
donde el dueño de Roma mira al albañil que ha hecho de la demolición su arte de vida,
al carpintero que con manos heridas por la garlopa talla una delgada arpía
                     en el bestiario del coro,
y por esa cicatriz mira el ojo pagano los peces cúbicos de la edad de Cristo.
Corre por las calles el rumor de la traición a Gramsci,
los índices remiten a páginas blancas, la soberbia hace frontera con la justicia.
Mis dudas han entrado en la embriaguez del cáñamo,
mi decisión en la fragilidad del vidrio.
Roma se hunde en el pudridero de las canteras latinas,
la luz entra en sus huecos como la cuchilla del descarnadero.
Oigo la oxidación de las bestias, oigo el mugido espeso de los feroces sátrapas,
al oferente en su caverna profunda ante el cuerno de Mitra.
Llamo veneno al aceite de la higuera de los ahorcados,
llamo flor crepuscular al cuajo de sangre de los mataderos.
Éste es el invierno hacia el que la lengua roja de los animales ruge,
ésta la boca infame en la bacanal de los regentes.
No la bisutería empañada por la decoración de los alquimistas,
no la dulce edad vencida de Adelaida Lindahl inmóvil bajo el barro de la felicidad,
no la tierra de ceniza de rosas, ni la llama lamida por el grito de la tierra mojada.
En cada ventana del mundo hay una mujer sentada, hay otro límite del hombre,
                    hay otra casa,
en cada combate con la muerte hay otro peligro, otro comensal de hormigas,
                    otro destino sucesivo,
hay manos irreconocibles que sostienen el decálogo de la ley de Moisés,
hay cirujanos que nadie conoce abriéndole con un alfiler la puerta al pájaro negro,
hay telegrafistas descifrando la ventura y el estrago de la desventura,
los mensajes de la injuria y el precio de los desechos,
hay por cada isla otra soledad de isla y por cada maltratado hay en mi piel
                      otro maltratado.
El que predica contra la compasión arroja un caldero de plomo
sobre la criatura salubre, se aleja de su hueso, abandona la temperatura.
El que obliga a su mano izquierda a empuñar la azada salva a la celosa carne
                       de lo inaccesible,
porque inaccesible es para el hombre aquello que le ha sido vedado durante el viaje,
desconocer el origen de su angustia, adivinar el espectáculo de las mariposas,
inaccesible es la verja que separa a Anne Pomerensky de su violín de palo,
la verdad que obliga a arrodillarse a Clemente Octavo príncipe de las lagartijas
y la coartada del amor ante la acusación de herejía.
Todo cementerio es una gruta de fatales huesos diluidos en leche de loba,
una hoguera estancada que atiza el íncubo de la codicia con un  gran abanico
                         de plumas de oca,
por las terrazas de los cementerios se oyen de noche los caballos
                          muertos del final de la vida,
por todas las columnas huecas retumban los zapatos del hombre extraviado,
el silbido de los amantes separados durante el descenso por láminas de granito,
los que no descansan llamándose y perviven en el endurecimiento
                           como huesos de jibia.
Nada le he dicho yo a esta mañana en que canta en el jardín de la Academia
                           el ruiseñor de Pound,
nada a la criatura alada del hético que se consume junto al literario sofisma,
nada tampoco a la mano del díscolo que al levantar su índice
señala el águila erguida sobre el mástil fascista.
Durante la visión del alcohólico ésta es la lengua de Trilussa y su mano de bronce
                            de la que brota humo de leña,
escritura obligada por las fechas de octubre junto a las alambradas
                            de la coronación del divino Claudio,
lo que enterrado en mayo acude ahora como el cauterio de un rayo a los ojos,
las marmitas de aceite donde hierve la lengua leprosa de Roma,
la oración estancada en los pantanos católicos, las religiosas serpientes.
Y así también los moribundos cisnes del romanticismo en el espeso
                            aljibe de agua verde de la filología,
el anillo con la salamandra, la podredumbre de algas bajo el puente del Pontífice Síxto,
la muchacha húngara que traduce a Leopardi con brillantes ojos de gata,
la que tiene un pez que nadie ha besado.
Y vosotros, últimos años de mi juventud en la estación nublada,
días ornamentales del poeta entregado como un reo a la especulación del espíritu,
al hábito de las bocinas y los grabados antiguos,
días ilusorios como una pasión de la infancia, el juego naval, la saña con los dóciles.
Abrupta vida del gesticulante, el que ante lo previsto vive el sueño de lo previsto,
ese que duerme contigo bajo las telas de lino y te mira terminante como un criado
                            mortificado por el insomnio,
tú, que conoces el cero y el valor del cero y la fascinación de su estéril refugio,
tú, que te has desterrado a la zona dividida por la inutilidad, efigie de los proverbios.
Oh merodeador de reliquias, convulso huésped de los lugares herméticos,
yo iré contigo junto al taumaturgo celeste, yo te acompañaré ante el Juez de las Esferas,
cruzaremos juntos los arenales de obsidiana y de níquel, los impetuosos valles de agua,
juntos cruzaremos los laberintos donde la humanidad vocifera a sus ídolos,
los arcos de la exclamación, los puentes que unen al imperio con el continente
                            indefenso ya las aldeas del desierto con las ciudades marítimas,
yo entraré contigo en el salón burgués donde lee el almirante
                            epigramas a la servidumbre,
destrozaremos las alacenas, arrojaremos por la ventana las estatuas nativas,
como bárbaros que saquean la ciudad, como furia monzónica,
                           como espontáneos malditos.
No hay tregua para los confinados, no hay abolición de penitencia para mis camaradas
                            heridos por la flor silenciosa,
los poetas consumen su vida alrededor de las viejas palabras, enloquecen
                            suavemente, empiezan a llamar alondra a todo lo que pretende volar,
los poetas alargan los cinco peldaños de su mano derecha para que descienda por ella
                            el violinista judío y la vendedora de albahaca,
los poetas levantan la cabeza para mirar una estrella cuando nos morimos,
luego guardan un poco de sol para el camino, visten de negro al cormorán,
                            florecen en los cerezos.
Nada se llama del mismo modo dos veces, Eugenia Borissenko a quien no conoce nadie
                             entró en la muerte,
ahora su rostro es indestructible en la oscuridad, su voz se llama lámpara de petróleo,
se llama Charles Patrick Dark bebiendo té un nueve de marzo a los diecinueve,
se llama Nils Gustaf Palin amigo de los escarabajos en el valle de las esfinges,
nada se llama del mismo modo dos veces, nadie para la fábula de lo mortal
                             es pómulos y cejas, sino astilla de Adán y armazón de navío,
                             agua domesticada en la habitación de la muerte.



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