Menu

Callos a la andaluza

Callos a la andaluza

Juan Moreau Tamayo

Hace bastantes años, al decir a mi familia residentes en Albacete que yo iría a visitarlos, mi tía pidió a mi madre le enviara unos “Callos a la andaluza” que a esta le salían exquisitos.

Al ser mi padre Jefe de Estación de ferrocarriles, para mí el viaje era gratuito hasta cinco mil kilómetros anuales, en primera clase.    Eran los primeros años del tren Talgo y en clase preferente viajaba comúnmente gente muy remilgada.

En la estación de “Bobadilla” sube al convoy un agente policial que recorre el tren en busca, de no sé qué “producto” que pensaba iría camuflado en el equipaje de los viajeros.   Al llegar a nuestro compartimento, pide amablemente abran las maletas y demás equipaje y al ser mi bolso bastante voluminoso, pregunta:

“- ¿Qué lleva usted en ese bulto?”

“- Una olla con comida”. - Dije poniéndome rojo de vergüenza.

“- ¿Con comida?...  ¡Qué clase de comida!...  ¿De pájaros? -Dijo con sorna.

“- No, son callos a la andaluza –respondí”.

Y con gran esfuerzo, bajé del portaequipajes el bolso con cuidado para que no se derramaran; abro la cremallera del mismo y la tapa de la olla, quedando al descubierto los riquísimos callos con su olor penetrante y exquisito.

Los viajeros sueltan una carcajada y yo, sin pensarlo, comprobando que estaban de mi parte, saco del bolsillo lateral del bolso unas cucharillas y ofrezco:

“- ¿A ustedes gusta?...

Y hubo algunos que saborearon el sabroso manjar, agradeciendo el detalle.

El punto final lo puso el policía con la frase:

“- Si seguimos así, algunos viajeros van a llevar un elefante en el equipaje y se quedarán tan frescos.

volver arriba